sábado, 24 de octubre de 2009

FRAGMENTO DEL PRÓLOGO DE LA ANTOLOGÍA FIN DE SIGLO.

Promoción Post-87: Identificación, postmodernidad y discursos.

I.
Más que un catálogo de textos o colección de autores, toda antología busca constituirse en obra facultada para realizar un corte (lo menos sangriento) en la historia de una literatura. Por eso se le exige ser una entidad discursiva coherente, fundada en lineamientos ideológicos y didácticos, y con la capacidad de ampliar o reafirmar el canon literario.
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Conscientes de estas exigencias y de las dificultades propias de un ejercicio cruzado por la subjetividad y el reduccionismo, FIN DE SIGLO: nueva poesía chilena de los 80, nace como una antología que busca dar testimonio de una de las realidades poéticas más interesantes de nuestra literatura. La que producto de las dificultades de categorización dentro de los criterios generacionales clásicos, o de la dinámica propia de un campo fuertemente en disputa, había quedado perdida en la disgregación y en la ausencia. Se trata de la obra de un grupo de poetas chilenos pertenecientes a la denominada promoción Post-87, nacidos en el transcurso de la década del sesenta, que tienen su educación durante la dictadura militar y su primera producción a fines de los 80. Son todos autores, hoy, de más de 20 años de trayectoria creativa, referentes de una expresión poética anclada en la historia de fines del siglo XX, y que desde la dispersión animan nuestra literatura actual.
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El objetivo de este recuento es reconocer y hacer visible un segmento generacional que, aunque posible de ser identificado al interior de la tradición literaria, no había sido dado a conocer en su amplitud.
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El modelo comprensivo usado en la estructuración de la muestra consideró a poetas chilenos nacidos entre los años 1959 a 1967, que publican a partir de 1987, y poseen a lo menos dos libros editados como prueba de un trabajo serio y sostenido, y cuya calidad o factura está refrendada por un proceso de recepción crítica dado en el tiempo de su desarrollo.
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De esta manera se ha conformado un corpus representativo de 28 autores, cuyas obras reflejan propuestas consistentes y heterogéneas, y que contribuyen con notable madurez a la ampliación del panorama lírico del país. Se trata de Andrés Fisher, Armando Roa Vial, Luis Correa-Díaz, Francisco Véjar, Marcelo Novoa; Víctor Hugo Díaz, Guillermo Valenzuela, Isabel Larraín, Jesús Sepúlveda, Álvaro Leiva, Nadia Prado, Malú Urriola, Sergio Parra, Harry Vollmer, Yuri Pérez; Isabel Gómez, Bernardo Chandía Fica, Sergio Rodríguez Saavedra, Lorenzo Peirano, Sergio Ojeda, Leo Lobos, Cecilia Palma, Ernesto Guajardo; Pavel Oyarzún, Mario García, Víctor Hugo Cárdenas, Jaime Huenún y Bernardo Colipán.
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II.
Estos poetas no sólo comparten edades, vivencias y fechas de publicaciones próximas; sino también cierta “pertenencia a una visión de mundo, una sensibilidad, un lenguaje y una formación relativamente similares”; posibilitando la conformación de una idea de cuerpo promocional más o menos específico al interior de la poesía chilena.
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Sergio Saldes, en un intento por situar a esta promoción, constata que el proceso formativo de sus integrantes se desarrolló bajo el régimen dictatorial instaurado en Chile a partir de 1973: “nuestra educación media y universitaria –los que la tuvieron- fue durante la dictadura, por tanto, todo el sistema con que fuimos formados fue el sistema que la dictadura implantó”. Y luego establece: “es una generación que no tuvo exiliados, ni relegados, y esa es una de las razones de por qué, desde el punto de vista de la escritura de la obra, el tema del 73 no aparece. El golpe no es una experiencia vital, directa para nosotros”. Por su parte, Jaime Lizama al poner su atención a la manifiesta voluntad de distanciamiento de esta promoción respecto de las precedentes, señala que no se trataba estrictamente de una voluntad de ruptura, políticamente estructurada, y del ahondamiento de un corte al estilo de la vanguardia; sino que la fricción era parte de un entusiasmo y frescura nada de mesiánicos, derivados de síntomas que reconoce en “la decadencia perceptible del régimen autoritario y la indiferencia o distancia respecto del golpe militar en relación a los procesos formativos vitales y de producción”. En este mismo sentido, ya antes, Luis Ernesto Cárcamo había hecho coincidente la gestación productiva de este grupo de poetas con los rasgos de una sensibilidad juvenil cuya experiencia vital ya no estaba fundada en la dictadura, sino en el espectáculo de los cruces: experiencia súbita de la modernización tecnológica, omnipresencia de la cultura de masas y sus reciclajes, influencia inagotable de lo audiovisual, nomadías de las hablas, como parte del clima de un horizonte postmoderno que sintoniza con lo que él llama: “agonía de la realidad”.
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Por lo tanto, y más allá de las innegables repercusiones del golpe militar en la identidad de la sociedad chilena, así como de los profundos trastornos ocasionados a la situación cultural, económica, social y política del país, incluyendo, por cierto, la poesía de fines de siglo; debemos reconocer que la situación contextual de la promoción post-87 tiene que ver también con un contexto global denominado postmodernidad. Término que hace referencia a una nueva estructura de sentimientos que invade a la gente común, una nueva manera de experimentar, interpretar y estar en el mundo que ha socavado los sentimientos modernistas. Efecto, a su vez, de la recomposición del escenario económico internacional y la globalización; la disolución de los horizontes de la revolución y el rompimiento de las promesas de potencial integrador de la modernidad, la pulverización de los grandes proyectos y la pérdida de la convicción en un progreso homogéneo.
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De esta situación, señala Jorge Larraín, emana un discurso que se liga con el problema de la identidad de una manera contradictoria: “por una parte acentúa el descubrimiento del “otro” y de su derecho a hablar por sí mismo; pero por otra, destaca el descentramiento del sujeto y la pérdida de su identidad”. Es decir, por un lado “pone el acento sobre la cultura como un modo específico de vida o un modo de ser de un pueblo y defiende su derecho a expresarse, a manifestar una verdad que difiere de otras. Pero por otro lado, rechaza la idea de una identidad personal integrada y coherente porque descarta la idea de un sujeto autónomo y capaz de construir discursos”.
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La base de todo este cambio radica en la nueva concepción de la realidad que ya no puede reducirse a un solo patrón racional, porque para el postmodernismo la realidad se ha desintegrado en una multiplicidad de simulacros y significantes sin sentido, dirección o explicación racional. Reina el caos y la fragmentación de las imágenes: “el sistema entero fluctúa en la indeterminación, toda la realidad es absorbida por la hiperrealidad del código y la simulación”. La realidad no es más que un conjunto de fragmentos e imágenes discontinuas y cambiantes que hacen ilusoria la existencia de un punto de vista comprehensivo o superior que pudiera encontrar un sentido global.
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III.
Respecto a los discursos, los poetas de la promoción post- 87 se caracterizan por acentuar las claves locales y parciales de las realidades en que se mueven, clausurando la posibilidad de un discurso totalizante o globalizador, acentuando claves de dispersión escritural, inestabilidad y desconfianza en el lenguaje. Las identidades locales (poblacionales, barriales, étnicas) dan lugar a una escritura como espacio definitivamente desjerarquizado de la cultura.
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Al respecto, Oscar Galindo establece que los modos más recurrentes de esta estética son el pastiche, la simulación, la parodia, la plurisignificación y la promiscuidad intertextual. Y su propósito sería borrar las huellas del pensamiento teleológico y erosionar la idea del sujeto tradicional como fuente de significación o paradigma de comprensión de lo real.
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Por su parte, Jesús Sepúlveda destaca la marca de una urbanidad degradada , de una ciudad marginal y vespertina, presente en estos discursos: “Los modos de poetización de la generación se inscriben fuera del sistema de la lengua canónica, y por tanto próximos a una oralidad urbana. Sin embargo, [aclara] no se trata del gesto desacralizador de la discursividad antipoética, por cuanto esta escritura no surge como reacción frente a un discurso hegemónico –como fue el caso de Nicanor Parra frente al discurso monumental de Pablo Neruda-, sino más bien como manifestación de un cierto tipo de habla citadina que expresa una experiencia vital específica: la vida nocturna de la ciudad. Modo de convivencia social que reaparece en Chile con el retorno a lo público y el término del toque de queda”.
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Finalmente, esperamos que esta concurrencia de voces, reflejo del oficio creativo de un importante grupo de poetas de la promoción post-87 chilena, permita una (re) valoración de su significativo aporte y contribuya en algo a la memoria política, social y literaria de este país tan proclive al olvido. Cada autor aquí representa un sentir, una mirada, una dicción que engendra y aglutina conciencia, atraviesa nuestra memoria y se detiene a develarnos el profundo estado de malestar que afecta nuestra existencia actual.
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Julián Gutiérrez
Maipú, 5 de octubre de 2008

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