viernes, 16 de abril de 2010

PRÓLOGO


Promoción Post-87: Identificación, postmodernidad y discursos.
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Por Julián Gutiérrez
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I.
Más que un catálogo de textos o colección de autores, toda antología busca constituirse en obra facultada para realizar un corte (lo menos sangriento) en la historia de una literatura. Por eso se le exige ser una entidad discursiva coherente, fundada en lineamientos ideológicos y didácticos, y con la capacidad de ampliar o reafirmar el canon literario.
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Conscientes de estas exigencias y de las dificultades propias de un ejercicio cruzado por la subjetividad y el reduccionismo, la presente antología pretende dar testimonio de una de las realidades poéticas más interesantes de nuestra literatura; la que producto de las dificultades de categorización dentro de los criterios generacionales clásicos, o de la dinámica propia de un campo fuertemente en disputa, había quedado perdida en la disgregación y en la ausencia. Se trata de la obra de un grupo de poetas chilenos pertenecientes a la denominada promoción Post-87 (1), nacidos en el transcurso de la década del sesenta, que tienen su educación durante la dictadura militar y su primera producción a fines de los 80. Son todos autores de más de 20 años de trayectoria creativa, referentes de una expresión poética anclada en la historia de fines del siglo XX, y que desde la dispersión animan una literatura entendida como proceso activo de movimientos, actores, obras y circunstancias culturales y sociales que dan paso a una tradición que se conforma y decanta, pero no termina de canonizarse (2).
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El objetivo de este recuento es reconocer y hacer visible un segmento generacional que, aunque posible de ser identificado al interior de la tradición literaria, no había sido dado a conocer en su amplitud. La denominación Promoción Post-87 es sólo una forma, justa o parcial, de señalar a esta zona silenciada y necesaria de situar dentro del complejo y colorido mapa literario nacional.
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El modelo comprensivo usado en la estructuración de la muestra considera a poetas chilenos nacidos entre los años 1959 a 1967, que publican a partir de 1987, y poseen a lo menos dos libros editados como prueba de un trabajo serio y sostenido, y cuya calidad o factura está refrendada por un proceso de recepción crítica dado en el tiempo de su desarrollo. Sin embargo, y más allá de los elementos mencionados, se ha tomado en cuenta también, como un factor relevante, el contexto sociocultural en que se enmarcan dichas obras.
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De esta manera se ha conformado un corpus representativo de 28 autores, cuyas obras reflejan propuestas consistentes y heterogéneas, y que contribuyen con notable madurez a la ampliación del panorama lírico del país. Se trata de Andrés Fisher, Armando Roa Vial, Luis Correa-Díaz, Francisco Véjar, Marcelo Novoa; Víctor Hugo Díaz, Guillermo Valenzuela, Isabel Larraín, Jesús Sepúlveda, Álvaro Leiva, Nadia Prado, Malú Urriola, Sergio Parra, Harry Vollmer, Yuri Pérez; Isabel Gómez, Bernardo Chandía Fica, Sergio Rodríguez Saavedra, Lorenzo Peirano, Sergio Ojeda, Leo Lobos, Cecilia Palma, Ernesto Guajardo; Pavel Oyarzún, Mario García, Víctor Hugo Cárdenas, Jaime Huenún y Bernardo Colipán.
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II.
Estos poetas no sólo comparten edades, vivencias y fechas de publicaciones próximas; sino también cierta “pertenencia a una visión de mundo, una sensibilidad, un lenguaje y una formación relativamente similares” (3); posibilitando la conformación de una idea de cuerpo promocional más o menos específico al interior de la poesía chilena. Situación que ha motivado la ocurrencia de algunas muestras antológicas y aproximaciones críticas que intentan dar cuenta del fenómeno. Respecto a las muestras, destacan entre otras, Ciudad poética post (1992) de Luis Ernesto Cárcamo y Oscar Galindo; Zona de emergencia: poesía-crítica (1994) de Bernardo Colipán y Jorge Velásquez; Novísima poesía chilena (1994) de Cristián Basso y Carlos Baier.
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Todas estas muestras señalan, delimitan, sitúan, catapultan y dan carta de ciudadanía al proceso emergente de aquel entonces, pero pecan de parcialidad al entregar un insuficiente entramado del fenómeno poético nacional. Ciudad poética post, por ejemplo, solo integra a diez autores (Nicolás Badilla, Víctor Hugo Díaz, Luis Ernesto Cárcamo, Oscar Galindo, Felipe Moya, Sergio Parra, Jesús Sepúlveda, Malú Urriola, Guillermo Valenzuela y Eduardo Vassallo); aunque tiene la virtud de ser señera en la demarcación de una promoción emergente y haberla situado en el horizonte de lo postmodernerno, caracterizado por la “agonía de la realidad”. Zona de emergencia, por su parte, junto con seleccionar nueve poetas (Mario García, Marcelo Paredes, Jaime Huenún, Harry Vollmer, Bernardo Colipán, Víctor González, Ivonne Valenzuela, Yanko González Cangas y Jorge Velásquez); incluye tres comentarios críticos y puede ser un complemento necesario a la hora de demarcar un proceso poético emergente de aquel entonces y a un grupo situado en el sur del país (4).
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En cuanto al proceso de recepción, relevantes son los estudios de Jesús Sepúlveda, Álvaro Leiva y Javier Bello; así como las aproximaciones críticas realizadas por Jaime Lizama, Sergio Saldes, Oscar Galindo, Yanko González, Luis Ernesto Cárcamo, Bernardo Chandía Fica, Sergio Rodríguez Saavedra y Bernardo Colipán. Sergio Saldes, en un intento por situar a esta promoción, constata que el proceso formativo de sus integrantes se desarrolló bajo el régimen dictatorial instaurado en Chile a partir de 1973: “nuestra educación media y universitaria –los que la tuvieron- fue durante la dictadura, por tanto, todo el sistema con que fuimos formados fue el sistema que la dictadura implantó” (5). Y luego establece: “es una generación que no tuvo exiliados, ni relegados, y ésa es una de las razones de por qué desde el punto de vista de la escritura de la obra, el tema del 73 no aparece. El golpe no es una experiencia vital, directa para nosotros” (6). Por su parte, Jaime Lizama al poner su atención a la manifiesta voluntad de distanciamiento de esta promoción respecto de las precedentes, señala que no se trataba estrictamente de una voluntad de ruptura, políticamente estructurada, y del ahondamiento de un corte al estilo de la vanguardia; sino que la fricción era parte de un entusiasmo y frescura nada de mesiánicos, derivados de síntomas que reconoce en “la decadencia perceptible del régimen autoritario y la indiferencia o distancia respecto del golpe militar en relación a los procesos formativos vitales y de producción” (7). Es decir, y tal como lo reafirma Sergio Rodríguez, “la postura de esto poetas se inclina derechamente por la relación con su propia poética que por los cambios sociopolíticos que han registrados sus vidas, una situación nueva en la poesía nacional, un cambio que puede ser explicado por un análisis de los cambios a nivel mundial” (8). En este mismo sentido, ya antes, Luis Ernesto Cárcamo había hecho coincidente la gestación productiva de este grupo de poetas con los rasgos de una sensibilidad juvenil cuya experiencia vital ya no estaba fundada en la dictadura, sino en el espectáculo de los cruces: experiencia súbita de la modernización tecnológica, omnipresencia de la cultura de masas y sus reciclajes, influencia inagotable de lo audiovisual, nomadías de las hablas, como parte del clima de un horizonte postmoderno que sintoniza con lo que él llama: “agonía de la realidad”. Y será, además, esta disipación de lo real lo que dará consistencia a la desafiliación de la promoción post- 87 respecto a “las acuciantes militancias testimonialistas, neovanguardistas o feministas de los años ochenta” (9).
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Por lo tanto, y más allá de las innegables repercusiones del golpe militar en la identidad de la sociedad chilena, así como de los profundos trastornos ocasionados a la situación cultural, económica, social y política del país, incluyendo, por cierto, la poesía de fines de siglo; debemos reconocer que la situación contextual de la promoción post-87 tiene que ver también con un contexto global denominado postmodernidad: Término que hace referencia a una nueva estructura de sentimientos que invade a la gente común, una nueva manera de experimentar, interpretar y estar en el mundo que ha socavado los sentimientos modernistas. (10). Efecto, a su vez, de la recomposición del escenario económico internacional y la globalización; la disolución de los horizontes de la revolución y el rompimiento de las promesas de potencial integrador de la modernidad, la pulverización de los grandes proyectos y la pérdida de la convicción en un progreso homogéneo (11).
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De esta situación, señala Jorge Larraín, emana un discurso que se liga con el problema de la identidad de una manera contradictoria: “por una parte acentúa el descubrimiento del “otro” y de su derecho a hablar por sí mismo; pero por otra, destaca el descentramiento del sujeto y la pérdida de su identidad” (12). Es decir, por un lado “pone el acento sobre la cultura como un modo específico de vida o un modo de ser de un pueblo y defiende su derecho a expresarse, a manifestar una verdad que difiere de otras. Pero por otro lado, rechaza la idea de una identidad personal integrada y coherente porque descarta la idea de un sujeto autónomo y capaz de construir discursos” (13). Aquí el sujeto no produce ideas ni crea discursos, es más bien “interpelado” por discursos que lo constituyen como sujeto.
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La base de todo este cambio radica en la nueva concepción de la realidad que ya no puede reducirse a un solo patrón racional, porque para el postmodernismo la realidad se ha desintegrado en una multiplicidad de simulacros y significantes sin sentido, dirección o explicación racional. Reina el caos y la fragmentación de las imágenes: “el sistema entero fluctúa en la indeterminación, toda la realidad es absorbida por la hiperrealidad del código y la simulación” (14). La realidad no es más que un conjunto de fragmentos e imágenes discontinuas y cambiantes que hacen ilusoria la existencia de un punto de vista comprehensivo o superior que pudiera encontrar un sentido global.
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III.
La condición postmoderna puede ser identificada en Chile, según Javier Campos, ya en la producción cultural de principios de la década del 80, coincidiendo el proceso de consolidación del sistema capitalista implantado por la dictadura militar y al plan de transnacionalización implementado en respuesta la crisis económica de aquel entonces (15). Y es que en palabras de Martín Hopenhayn, el efecto combinado de transnacionalización y dinámica tecnológica en la industria cultural tienden a consagrar una era de la cultura descentrada :
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La heterogeneidad cultural no alude a la diversidad de expresiones locales y nacionales, sino a la participación segmentada en un mercado globalizado de mensajes que todo lo penetra y lo redefine. La proliferación de bienes, servicios y consumo culturales socava las fronteras convencionales entre cultura pesada y liviana, alta y baja, ilustrada y popular, nacional y exógena (…) La estética del collage y del pastiche, tan cara a la sensibilidad postmoderna, no es casual: constituye una metáfora de esta condición de continua recomposición de sensibilidades y mensajes culturales. Epítetos como “hibridez”, “sincretismo”, “tejidos interculturales”, “descomposición y recomposición de signos” se hacen cada vez más frecuentes en el análisis de los procesos culturales actuales. (16)
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Es, entonces, en esta dinámica de disipación de fronteras que hay que situarse para entender una serie de propuestas estéticas que nacen en respuestas a las nuevas condiciones culturales e históricas que vive el país en la década de los ´80. Entre ellas, formas que dan cuenta de una evidente apertura creativa, como la de Juan Luis Martínez, quien a partir de La Nueva novela (1977), busca destruir los supuestos textuales y extratextuales de la escritura poética y horadarse a sí mismo como discurso integral. Su obra expresa un punto extremo de búsqueda entre las nuevas representaciones poéticas, al intentar la despersonalización total del texto. O la de Raúl Zurita, quien con Purgatorio (1979), intenta superar la noción de texto, para incorporar el espacio del cuerpo y la realidad como soportes de la escritura, explorando también las posibilidades traumáticas del dolor para metaforizar las agresiones sufridas por el cuerpo social. La figura del poeta-autor-sujeto del poema adopta la forma edificante de un redentor “postmoderno” que por medio de la revelación del lenguaje busca redimir al pueblo oprimido al mismo tiempo que la palabra poética adquiere un poder exorcizante frente a la legitimación bastarda de la palabra estatal, a su violencia simbólica y epistemológica (17).
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La obra de Zurita tiene una evidente filiación con otros poetas posteriores, como el propio Gonzalo Muñoz ( Exit , 1981), Diego Maquieira ( La Tirana , 1983), Carlos Cociña ( Aguas servidas , 1981), Rodrigo Lira ( Proyecto de obras completas , terminada en 1982 pero publicada en 1984) y Eugenia Brito ( Vía pública en 1984); con los cuales asimila la búsqueda de nuevos significantes y espacios de la escritura, la elaboración de elementos gráficos, la despersonalización del sujeto, la autorreflexibilidad y la interacción arte-vida que alguna vez obsesionara a las vanguardias, elementos que a juicio de Iván Carrasco y Oscar Galindo, se expanden hacia la interdisciplinariedad y la mutación del género poético, en un ente híbrido que incorpora un sinnúmero de formas culturales que obligan a replantear los criterios de lectura (18).
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Entre los poetas mucho más cercanos a los de la promoción Post-87, y quienes propenden una ampliación de la noción de libro como espacio de codificación abierto, de relativización de la noción de poema como unidad, de la exploración en un sujeto escindido que pugna por su reaparición y la indagación en el lenguaje y la historia como espacios de control de del poder y la ideología, tenemos a Tomas Harris (Zonas de peligro, 1985) y Alexis Figueroa (Vírgenes del sol in cabaret, 1986). Autores que, además, de desarrollar una escritura asociada a la exploración de los espacios marginales de las urbes latinoamericanas, constituyen en un modo de escritura muy característico de poetas como Jesús Sepúlveda, Guillermo Valenzuela, Sergio Parra, Víctor Hugo Díaz, Malú Urriola, Harry Vollmer. Importante será, también, para esta promoción la obra de Enrique Linh, Jorge Teillier, Gonzalo Millán, Carmen Berenguer, Eduardo Llanos y Jorge Montealegre, entre muchos otros que sería largo de nombrar (19).
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IV.
Respecto a los discursos, los poetas de la promoción post- 87 se caracterizan por acentuar las claves locales y parciales de las realidades en que se mueven, clausurando la posibilidad de un discurso totalizante o globalizador, acentuando claves de dispersión escritural, inestabilidad y desconfianza en el lenguaje. Las identidades locales (poblacionales, barriales, étnicas) dan lugar a una escritura como espacio definitivamente desjerarquizado de la cultura. En esta incorporación de registros populares desde el espacio más inmediato, tanto el lenguaje tribal, como la cultura de la imagen, la música de consumo o chatarra, cobran un espacio evidente en sus textos (20).
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Al respecto, Oscar Galindo establece que los modos más recurrentes de esta estética son el pastiche, la simulación, la parodia, la plurisignificación y la promiscuidad intertextual. Y su propósito sería borrar las huellas del pensamiento teleológico y erosionar la idea del sujeto tradicional como fuente de significación o paradigma de comprensión de lo real: “es evidente que para la mayor parte de estos poetas la realidad resulta un fenómeno difícilmente sistematizable y asimilable, de ahí que se ofrezcan fragmentos muy locales de representación de lo real motivados a veces sólo por segmentos subculturales específicos o parciales” (21).
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Por su parte, Jesús Sepúlveda destaca la marca de una urbanidad degradada, de una ciudad marginal y vespertina, presente en estos discursos: “Los modos de poetización de la generación se inscriben fuera del sistema de la lengua canónica, y por tanto próximos a una oralidad urbana. Sin embargo, [aclara] no se trata del gesto desacralizador de la discursividad antipoética, por cuanto esta escritura no surge como reacción frente a un discurso hegemónico –como fue el caso de Nicanor Parra frente al discurso monumental de Pablo Neruda-, sino más bien como manifestación de un cierto tipo de habla citadina. Este nuevo habla o decir expresa una experiencia vital específica: la vida nocturna citadina. Modo de convivencia social que reaparece en Chile con el retorno a lo público y el término del toque de queda”. (22)
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De la muestra, un primer grupo de autores destacan por discursos que develan un especial cuidado por la forma o construcción textual. Incrédulos de la inspiración y la existencia de una originalidad, apelan a la intertextualidad. (Andrés Fisher, Armando Roa Vial, Luis Correa-Díaz, Francisco Véjar, Marcelo Novoa). Otros plantean, desde sus propias experiencias, una exploración de las marginalidades urbanas y sus personajes, metaforizando los procesos de refundación económica y política instaurados en Chile a partir de la década del 80. (Víctor Hugo Díaz, Guillermo Valenzuela, Isabel Larraín, Jesús Sepúlveda, Álvaro Leiva, Nadia Prado, Malú Urriola, Sergio Parra, Harry Vollmer, Yuri Pérez). También existen voces que exploran la problemática de un sujeto escindido que pugna por su reaparición y la indagación en el lenguaje y la historia como espacio de control del poder y de la ideología. (Isabel Gómez, Bernardo Chandía Fica, Sergio Rodríguez Saavedra, Lorenzo Peirano, Sergio Ojeda, Leo Lobos, Cecilia Palma, Ernesto Gujardo). Y otras que, situadas en la zona sur, exploran la idea de identidad y diferencia (Pavel Oyarzún, Mario García, Víctor Hugo Cárdenas, Jaime Huenún, Bernardo Colipán). De una u otra manera, la mayoría de estas escrituras son metáforas de una marginalidad urbana, que intenta recuperar la voz, el habla silenciada; problema sobre el que vuelven una y otra vez los textos. Los hablantes se cuestionan y autoevalúan, parodiando hasta el pastiche. Se diferencian de las voces de la vanguardia histórica en que no son voces proféticas, son poéticas del desecho, intervienen sobre capas devaluadas de sentido y de valor.
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Finalmente, esperamos que esta concurrencia de voces, reflejo del oficio creativo de un importante grupo de poetas de la promoción post-87 chilena, permita una (re) valoración de su significativo aporte y contribuya en algo a la memoria política, social y literaria de este país tan proclive al olvido. Cada autor aquí representa un sentir, una mirada, una dicción que engendra y aglutina conciencia, atraviesa nuestra memoria y se detiene a develarnos el profundo estado de malestar que afecta nuestra existencia actual. Cedo la palabra, entonces, con agradecimiento y aprecio, a los poetas aquí reunidos. Escuchémosles.
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NOTAS:
(1) Ver: Sepúlveda, Jesús. “La Generación Post 1987”. Licantropía , 8 (1998): 18 – 23. Y Millán, Gonzalo. “Sobre los lugares de uso”, prólogo a Lugares de uso de Víctor Hugo Díaz. Santiago: Cuarto Propio (2000):8.
(2) Muchos de estos autores hoy son destacados académicos de universidades internacionales (Andrés Fisher, Luis Correa- Díaz, Jesús Sepúlveda y Álvaro Leiva, en Estados Unidos), y nacionales (Armando Roa Vial, Marcelo Novoa, Nadia Prado, Sergio Ojeda, por nombrar algunos). Varios, además, han obtenido importantes reconocimientos, como el Premio Pablo Neruda otorgado a Isabel Gómez, 1997; Bernardo Chandía Fica, 1999; Armando Roa Vial, 2002; Jaime Huenún, 2003; Víctor Hugo Díaz, 2004; y Malú Urriola, 2006.
(3) Sepúlveda, Jesús. Art. cit., pp.18-19.
(4) Ver: Lizama, Jaime. “Poesía activa: poesía de fin de siglo producción/recepción en antologías”. Revista Posdata , 1 y 2 (1998): 116 – 123.
(5) Citado por Chandía Fica, Bernardo y Rodríguez Saavedra, Sergio. “Intimidad urbana, huellas de los últimos poetas del siglo veinte”, en cyberHumanitatis.uchile.cl
(6) Ibid., s/p.
(7) Lizama, Jaime. Art. cit., p.116.
(8) Rodríguez Saavedra, Sergio. “Estado y militancia”. Texto inédito y sin paginar.
(9) Ver: Lizama, Jaime. Art. cit., pp. 118-119.
(10) Ver: Larraín, Jorge. ¿América Latina moderna?: globalización e identidad. Santiago: LOM, 2005. p. 135.
(11) Ver: Hopenhayn, Martín. Ni apocalípticos ni integrados: aventura de la modernidad en América latina . Santiago: FCE, 1994. p. 21.
(12) Larraín, Jorge. Op. cit., 137.
(13) Ibid., p. 137.
(14) Ibid., p. 138.
(15) Ver: Campos, Javier. “Lírica chilena de fin de siglo y (post) modernidad neoliberal en América Latina. Revista Posdata , 1 y 2 (1998): 78 – 91.
(16) Hopenhayn, Martín. Op. cit., pp. 111 – 112.
(17) Ver: Nómez, Naín. “Transformaciones de la poesía chilena entre 1973 y 1998”. Estudios Filológicos , 42(2007): 141 – 154.
(18) Ibid., pp. 146- 148. (19) Ver: Galindo, Oscar. “Marginalidad, subjetividad y testimonio en la poesía chilena de fines de siglo”. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana , Nº 58 (2003): 193 – 213.
(20) Galindo, Oscar. Art. cit., p. 196.
(21) Galindo, Oscar. Las metáforas impuras. Escritura, sujeto y realidad en la poesía chilena actual . Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, España, 1999. p. 105.
(22) Sepúlveda, Jesús. Art. cit., p. 20.

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