sábado, 27 de noviembre de 2010

UNA FORMA DE HUELLA EN LA ARENA: NOSTALGIA Y VIOLENCIA EN LA POESÍA DE LUIS ANDRÉS FIGUEROA

Por Daniel Rojas Pachas

Una forma de huella en la arena de Luis Andrés Figueroa corresponde al cuarto cuaderno de poesía editado por Revista y ediciones Antítesis (Valparaíso, 2008). La plaqueta del escritor oriundo de San Felipe está dedicada a Mario Martínez “Muerto junto al mar”.

Esa sentida dedicatoria, así como el título de la colección, “Una forma de huella…”, nos anticipa el talante de los once poemas que la obra comprende. Dos poderosas fuerzas mueven el proyecto escritural de Figueroa: la nostalgia y la muerte; y en este último caso, hablamos de un deceso en el cual media la coacción y la tortura.

El primer texto “La mansión de las viñas” anticipa las nociones de pasado y extinción al hablarnos de un lugar pretérito que se asemeja a un jardín secreto e idílico. Como espacio, la mansión procura hacer emerger la carga emocional y psicológica que también percibimos en el ya clásico poema de Enrique Lihn “La pieza oscura”, gracias a aquellos juegos de pulsiones libres que se realizan a espaldas de los adultos como parte de una edad perdida. Ambas atmósferas dibujadas, la de Lihn y Figueroa, promueven un sentir de inocencia exploratoria que está condenado a ser intervenido por la represión y el control.

De este modo, Figueroa nos muestra dos momentos de un mismo lugar, primero un paisaje de crecimiento y regocijo en el cual se asienta una juventud intelectual y curiosa. El lector puede casi palparlo asociando los versos a lecturas e imágenes cinematográficas o cotidianas que bullen en su propia experiencia. El jardín de los Finzi-Contini de Vitorio de Sica y la creación lúcida y atormentada de Pavese son alusiones explícitas que marcan aquel tono de inocencia arrebatada dentro del diálogo y contribuyen a dar forma y mesura al bosque dormido y latente periodo de extinción que en una segunda instancia presenciamos de modo explícito, pues a lo largo del texto, Figueroa sólo sugiere esta aniquilación con sutileza, como una sombra que se avecina y se entrevé. Transcribo un fragmento:

Alguna vez fue habitada
la que decíamos la Mansión de las Viñas
y en cuyo espejo de agua dejábamos caer
el eco de nuestros nombres

Términos como "eco", "nombres", "espejo", sirven al autor para edificar una armonía de remanso y exhuberancia a lo largo del poema, para luego -en su parte final- bajo la impresión de los mismos signos, distorsionar la significación bucólica con un marcado quiebre:

La que decíamos la Mansión de las viñas
y a cuyo espejo llegábamos
sobre los relojes de una antigua edad
deshabitada fue por los gritos de nuestros propios nombres.

Las viñas semejaron desde entonces una edad torturad
a (Los destacados son míos.)

El pasar de la nostalgia y añoranza dedicada a un reflejo que se visualiza como parte de una edad antigua (en principio imperecedera) para finalmente asentarnos en el erial del mismo territorio, da cuenta del envilecimiento capaz incluso de erradicar la memoria al ingresar como dice el poeta: "a las ruedas sin retorno / a los extraños países sin espejo".

Deshabitada por los propios gritos de sus nombres, el vino se transforma en sangre que devora la tierra y las viñas de antaño, enrarecidas se vuelven un cerco y prisión en el cual se pasa revista, similar a lo que se intuye en la desmoralización que experimentan las familias italo-judías durante el fascismo de los treinta en el film de De Sica basado en la obra de Bassani.

En el segundo texto del poemario titulado “recreo”, el autor nos advierte acerca del castigo y represión y lo hace evidenciando astillas de una realidad que en la mente del lector se ordenan, permitiendo reconstruir desde los vestigios, el recorrido de la tortura y sus efectos tratando de no olvidar en el proceso de re-escrituración del dolor, aquello a lo que se puso término: "(…) los frutos olvidados en el tiempo al final del recreo".

A través del poema testimoniamos la oscuridad y un silencio mortuorio compuesto de polvo, pies que escapan… gritos y un gran golpe que conduce a fosas, puertas caídas y el banquillo como un estrado que dirime la suerte de las cabezas. La soga en la rama y el invierno eterno se cubren con un sol artificial. Dorado y estéril.

La poesía de Figueroa nos comunica:

Está allí, no es ninguna iluminación.

En el polvo, la brisa movida por los pies.
El silencio escondido. Los gritos
antes del golpe.

Más acá, una fosa. Una puerta en el suelo.
La moneda enterrada.

(…)

Tal vez, sobre la superficie,
un día caigan las doradas manzanas podridas
de un sol inexistente
en la tierra.

El tono de violencia y totalitarismo pierde la sutileza en el tratamiento en la medida en que Figueroa opta -en poemas posteriores a los revisados- por mostrar desnudo el sello que no vemos en la cara de la moneda (tanto el objeto de cambio como el edificio de gobierno) antes de la explosión del frontis. En el tercer texto del libro “La otra cara de la moneda”, el autor completa esta imagen tras la corrupción de la viña soñada y el fin del recreo pues la única cara que veremos tras la intervención de la fuerza es:

La sangre en los tapices y el golpe del palo en el suelo

Todo un hemisferio
en la otra cara.

Ahora, si pensamos en otro texto del libro, “Fahrenheit” por ejemplo, veremos dentro de su brevedad y de modo explícito, el crudo proceder de diversos sistemas totalitarios a lo largo de la historia de la humanidad. Figueroa nos plantea:

Comenzaron quemando libros.

Terminaron quemando jóvenes.

Dentro de nuestro país tenemos el caso del joven fotógrafo Rodrigo Rojas Denegrí, sin embargo, Figueroa lleva el cuestionamiento más allá al establecer una relación intertextual por medio del título y el contenido de su poema con otra importante obra literaria del siglo recién pasado, tal como lo hiciese en “La mansión de las viñas” con Bassani y de Sica. Los vasos comunicantes con la conocida novela de Bradbury y sus mecanismos de control del cuerpo y la mente humana, permiten universalizar la idea de distopía que entendemos en el sentido que propone Vattimo: “La contrafinalidad de la racionalidad consiste en el hecho de que justo para ir realizándose rectamente y según sus planes, la razón se vuelve contra los fines de emancipación y humanización que la movían, es justo tal mecanismo lo que se ha desvelado en su vocación perversa” (Vattimo 1991:103).

Esto se refuerza con el coqueteo que “Una forma de huella en la arena” sostiene como unidad con otra importante pieza de ciencia ficción distópica, 1984 de George Orwell. A través de esta relación, Figueroa se detiene en el tema de la mirada y la cosificación y ocupa el concepto tradicional de “no lugar”, de utopía como confrontación ante un espacio en estado de sitio, la distopía.

Dentro de la obra de Figueroa, lo real aparece determinado por la coacción y encuentra su anverso en la utopía si la entendemos tal como la propone Foucault: “Las utopías son los emplazamientos sin lugar real. Mantienen con el espacio real de la sociedad una relación general de analogía directa o inversa. Es la sociedad misma perfeccionada o es el reverso de la sociedad, pero, de todas formas, estas utopías son espacios fundamental y esencialmente virtuales”.

Lo paradójico y original de esto, es que la concepción de Moro de una estructura social perfecta, lugar que no existe en la tierra y que ha mutado desde la noción primigenia de arcadia a pesadilla por causa de la razón humana y sus mecanismos, la poesía de Figueroa la retoma y la plantea como un retorno al “no lugar” o también al “otro lugar”, heterotopía que opera en calidad de espejo y subversión frente a los espacios de encierro constituidos por el progreso y la fuerza de su lógica.

Foucault señala al respecto: “El espejo es una utopía, porque es un lugar sin lugar. En el espejo, me veo donde no estoy, en un espacio irreal que se abre virtualmente detrás de la superficie, estoy allá, allá donde no estoy, especie de sombra que me devuelve mi propia visibilidad, que me permite mirarme allá donde estoy ausente: utopía del espejo. Pero es igualmente una heterotopía, en la medida en que el espejo existe realmente y tiene, sobre el lugar que ocupo, una especie de efecto de retorno; a partir del espejo me descubro ausente en el lugar en que estoy, puesto que me veo allá. A partir de esta mirada que de alguna manera recae sobre mí, del fondo de este espacio virtual que está del otro lado del vidrio, vuelvo sobre mí y empiezo a poner mis ojos sobre mí mismo y a reconstituirme allí donde estoy; el espejo funciona como una heterotopía en el sentido de que convierte este lugar que ocupo, en el momento en que me miro en el vidrio, en absolutamente real, enlazado con todo el espacio que lo rodea, y a la vez en absolutamente irreal, ya que está obligado, para ser percibido, a pasar por este punto virtual que está allá”.

En otras palabras, ante la imposición de métodos de deshumanización y espacios de control, el retorno o introyección a esa nada, a ese “no sitio” u “otro sitio” como espejo, se verifica como el acceso a una nada flexible y heterogénea que en términos de Foucault la pensamos como contra-lugares que afectan la realidad y su percepción: “Hay entonces países sin lugar e historias sin cronología; las ciudades, los planetas, los continentes, los universos, de los cuales sería imposible extraer la huella sobre ningún mapa ni bajo ningún cielo, simplemente porque ellos no pertenecen a ningún espacio".

La utopía tal como la plantea Figueroa en su poesía, sería un lugar irreal y virtual, una heterotopía que refleja y toma control de su ambiente para superar a las personas, signos e instituciones que representan una posición hegemónica como el torturador o el gran hermano. Esta utopía de desviación se edifica como diseño alternativo y reflejo de la invocada perfección de las condiciones reales (la distopía) y nace con la función de diferencia (en su doble sentido de diferenciación y diferimiento) dentro del contexto caótico que sirve de espacio para el asentamiento del totalitarismo. Por ende, lo utópico como lugar virtual y mental de inclusión/exclusión, constituye una fuerza capaz de subvertir las prácticas de supremacía de cualquier dictadura.

De acuerdo a lo expresado, el poema “1984” de Figueroa nos señala:

En el ojo del Gran Hermano
no se mueve una sola hoja
sin que el ojo lo sepa.
A excepción de una hoja de vida
en el ojo de Joan
(Los destacados son míos)

La última parte del poema está en relación con la idea de ese “no lugar” y, por ende, se trata de una parte de la vida que se torna impenetrable para los guardias y sus formas de tortura y control expuestos a través de la figura del gran hermano como significante de los medios distópicos. La mirada de Joan en tal caso, aún puede escribir sobre su existencia una última hoja ajena al panóptico y su esfera de luminosidad.

La actitud subversiva y el valor de no dejar someter los límites de la mente y el espíritu, se nos dibuja en otro poema del libro nominado “Plaza”. Este texto de Figueroa se aproxima al simbólico acto del joven chino en Tiananmen Square vinculándolo a la nada, al ya mentado no lugar u “otro lugar” al cual se aproxima con un vitalismo que no se doblega ante lo concreto, incluido el castigo que puede oponerse a la carne.

Como la piedra sola en medio del río
el joven inmóvil con sus bolsas de plástico
desvía la línea de tanques
entrando en la nada

En cuanto al vocablo “hoja” presente en el poema “1984” podemos detenernos y pensar la diferencia y posibilidad de significación de tan simple signo. La hoja la podemos entender como parte de un árbol dentro de un gran bosque controlado por guardias, la analogía nos lleva a imaginar a un individuo (hoja) parte de un árbol (comunidad) en un bosque (estado) custodiado y normado por guardabosques (guardias de ese estado). Esto se grafican en el poema “Lo real” y “casa”

En “Lo real” Figueroa dice:

No eres un rey. No eres real
no eres tampoco el guardián de las puertas
que una tarde abre sus hojas
al paso de la muerte real
para luego cerrarlas

No eras ni siquiera el jardinero del rey.

Y en “Casa” dice:

Aquí hubo un árbol
¿recuerdas?
primero desmochado. Luego mutilado.
otro invierno muerto

A su vez, esta analogía podemos retrotraerla a los poemas iniciales revisados –“recreo” y “La mansión de las viñas”-. En “recreo” vemos la heterocronía (el tiempo y su control, la historia y la diferencia en el tiempo en que se producen dos fenómenos o procesos) y en “La mansión de las viñas” la distopía y la heterotopía (el espacio y su control) y ambos retoman el tema del bosque, jardín, árboles y hojas y su relación con los individuos y sus medios y miedos.

En ellos, cada fruto se marchitó y fue reemplazado, empaquetado o simplemente olvidado por el invierno en todos los patios. Esta figura del árbol, además, se potencia en la hermandad de las rosas que abre señalando “nos dejaron de herencia una bomba”

y luego completa versificando:

Las cuerdas que rompieron el cuello
de nuestra hermandad con las rosas.

Las cuerdas que borraron el dibujo de nuestras bocas
de muros y árboles
para botón de muestra de los decapitados
en los pechos de los salones embriagados de poder y de luz.

De este modo, el poeta nos habla de esas imágenes astilladas de antaño pero bajo el microscopio. Se profundiza la visión del árbol y la cuerda que pende del árbol en el texto “recreo” como un legado de muerte. En tal medida el bosque, el sitio que alberga al hombre como una antigua casa de sueño acoge ahora la mesa, la sala de torturas y al agente del control.

Todo esto a la luz de la poesía de Figueroa nos lleva a pensar en el sitio en estado de sitio, en una mecánica de tiempo/espacio en la cual se asienta el mal. Esta noción de residencia del terror la vemos en el poema “El enigma de las montañas”.

Otro día. Otra página. Otra pregunta sobre un sitio en los estados de sitio.
donde la luz se mueve sobre la oculta superficie de las cosas.
La luz. Un índice buscando un nombre que desaparece y aparece entre las páginas.

Con este texto, el poeta nos lleva al espacio concreto en que se cristaliza e institucionaliza la tortura como una práctica social. Frente a ello, surge nuevamente el “no sitio” ya mencionado, la revalorización de la utopia como una nada, como incierto frente a lo material y que se torna el último recodo de libertad para los hombres. Eso que ya vimos en el texto “1984” como una fisura por la cual se filtra la mirada de Joan sin permitir el acceso a los agentes de control, se potencia en la voz del poema: “A la sombra de la luz de Ekelof”.

No estoy aquí verdugo.
Ven al extremo de tu pluma eléctrica.

y

No estaré aquí verdugo.

Este sitio virtual que ya hemos caracterizado sirve como heterotopía frente al poder totalitario, y si bien el espacio de ensueño y tiempo de inocencia que nos grafica Figueroa en “La mansión de las viñas” y “recreo”, es tomado y derruido, la subversión del hablante que se ubica en la posición de víctima, no abriga reconquistar el espacio violentado con nueva violencia sino que al contrario, la alternativa es sustraerse del sitio y aniquilar el poder material introyectándose al espacio que no se puede vulnerar. El abstracto mental y virtualidad del ser y su crear. Esta convicción de no sucumbir ante la tortura la vemos en los siguientes versos de “A la sombra de la luz de Ekelof”.

No estaré ahí, verdugo.
No estaré ahí, ni en ninguna parte de parte alguna.
Estaré
dos pies más alto que tu espalda doblada
sobre el foso de tus manos perdidas,
a la sombra de la luz
con un ala temblando a las puertas de mi boca.

La impenetrabilidad del espacio mental y el no sucumbir encierra y acalla al torturador en la medida que este se alimenta y crece en función del miedo y el medio que lo sustenta. Espacio y tiempo que negado, se compendia producto de la nada, ese “otro lugar” mental que lo anula.

Esto demuestra que la disciplina puede operar clínicamente sobre el cuerpo y los fragmentos de la carne, puede destruir las instituciones y los símbolos pretéritos escindiendo a su antojo lo material, pero su escritura, pues la tortura en los versos de Figueroa se grafican como un discurso que se impone y que alcanza su realización en actos cuantificables como la marca que deja en la piel o a través de las señas que se pueden apreciar en el paisaje y entorno a lo largo del tiempo, son posibilidades a contener y erradicar. Pues este discurso si bien se impone a la fuerza, al final depende de los efectos y la percepción del mismo castigado. Ya que los torturadores pueden administrar la vida y la muerte dentro de su sistema, pero esta sólo es una pequeña parte de la realidad contaminada y carecen de la capacidad para reducir la realidad y la muerte en aquel único sentido.

En definitiva, la escritura del ser, del individuo libre es como: "ese libro prohibido que las órdenes del fuego no alcanzaron", como indica Figueroa en su poema “El enigma de las montañas”.

Una forma de huella en la arena de Luis Andrés Figueroa nos conmina a pensar la libertad a través del incierto y lo indeterminable del “no lugar” o de ese espejo que es “otro lugar” muchas veces creado y potenciado por la poesía y la pulsión sinestésica del hombre. Esta idea como metáfora la percibimos en la escritura que realiza la mirada del ojo de Joan o la firmeza del joven en Tiananmen Square capaz de desviar hacia el vacío y la inutilidad, los tanques de la realidad.

Bibliografía:
Figueroa, Luis Andrés: Una forma de huella en la arena (2008) Ediciones Antítesis Valparaíso-Cuadernos de poesía.
Foucault, Michel. De los espacios otros. (1967). Conferencia dictada en Cercle des études architecturals
Foucault, Michel. (2009). Les corps utopique, les hétérotopies. Paris : Nouvelles Editions Ligne.
Vattimo, Gianni y Rovatti, Pier Aldo (1995) El pensamiento débil. Madrid: Cátedra
____ (1991) Ética de la interpretación. Barcelona: Paidós Ibérica S.A

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