sábado, 11 de diciembre de 2010

"EL INGRÁVIDO PESO DE LAS HORAS"


Es difícil imaginar la espesura del tiempo, el gramaje con que se abisman los minutos. La imposibilidad de cuantificar el presente pone en entredicho nuestra existencia. No sabemos cuanto duran los fotogramas, lo único que vemos es la estela carnosa que dejan a su paso y de la que somos testigos presenciales, viajeros de un mismo tren con asientos que dan la espalda al destino.

Ante esta vertiginosa náusea de no poder precisar nunca nuestra posición en el universo, nos queda un consuelo que, no por ser intermitente, deja de ser alentador: el consuelo de la clarividencia. Con el insaciable ajetreo en que se baraja nuestra realidad cotidiana el hombre ha llegado a inmovilizarse, es decir, a no percatarse del paso del tiempo. Para Octavio Paz “la inmovilidad es una ilusión, un espejismo del movimiento; pero el movimiento, por su parte, es otra ilusión, la progresión de lo mismo que se reitera en cada uno de sus cambios."

Ante esta oscilante esclerosis que adormece nuestra percepción sobre la vida, la obra de Juan Soros nos convida sin recelo una clarividencia lúcida y rigurosa que arroja luz sobre nuestros accidentes ontológicos más perturbadores: el sentimiento de culpa, la orfandad universal, la condena, la fractura entre Dios y el hombre, la muerte.

Des esta forma, Cineraria se nos presenta como un insuflo que pone en movimiento la inmovilidad pasado. Desde el comienzo del libro, se hace latente el deseo de ser una presencia indisoluble en donde la vida inmole todas sus manifestaciones. Así lo atestiguan los primeros versos de Pira, poema que inaugura la obra: "No ser hombre/ sino morada/ de otras muertes/ y de la muerte." Esta simbiosis que Soros mantiene con la muerte será uno de los pactos más acérrimos que palpiten en Cineraria. En el poema Todestrieb, por ejemplo, la complicidad vuelve a ponerse en manifiesto: "Vino muerte y me habló/ pero no me llevó con él./ (Vivo para repetir sus palabras)". Pero, como en toda complicidad siempre queda un pequeño espacio para la inesperada traición, el final del poema sorprende por la condena que implica ser un eco mortuorio: "Y ahora bajo mi piel/ parece fluir sangre/ pero cuando me sangro/ sólo brotan cenizas."
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Esta yuxtaposición entre la sangre y la ceniza será uno de los hallazgos estéticos más deslumbrantes del libro. Como se aprecia en el apartado de notas, Soros se vale del término griego Haima melan (sangre negra) para edificar una lucha entre el dolor y la trascendencia. Agua y polvo, río y desierto, vida y muerte se desprenden de este oxímoron que aglutina una encarnizada lucha entre dos substancias opuestas y a su vez complementarias. Prueba de ello es el poema Glotta, en donde resplandece una imagen misteriosa y lacerante: "Uso una mezcla de sangre y ceniza/ para fijar en el margen del tiempo/ estos epitafios/ y lamentaciones." La sangre y el polvo se diluyen entre sí para formar una dolorosa arcilla con la que tatuar un lenguaje indecible. Esta imagen yuxtapuesta hace pensar también, guardando las debidas distancias con el término griego, en otros dos términos de la cultura náhuatl. El primero de ellos es el denominado “tinta negra y tinta roja” que, de acuerdo con Miguel León Portilla, era la imagen de la que se valían los aztecas para aludir a la creación poética. El segundo, es el término atl tlachinoli, expresión náhuatl que significa “agua quemada”, o bien, como sugiere el historiador Alfonso Caso, que puede aludir a la sangre y al incendio. Sangre y ceniza, agua y fuego, silencio y palabra, Sorós convoca estos elementos para reiterarnos que podemos vencer a la muerte porque no somos más que muerte.

Pero vencer a la muerte no implica necesariamente una reconciliación con la naturaleza. Más que el de Sísifo, el de las Bélides o el de Titio, una muerte sin reconciliación es el suplicio más grande del mundo. En algunos poemas de Cineraria esta temible sospecha se deja entrever. En el poema Inhumar, “los mares cierran sus abismos/ los vientos enmudecen” y no hay forma de poder repatriar las cenizas adhiriéndolas de nuevo a la naturaleza. En Liminar la franja que separa al hombre de la salvación se muestra infranqueable y desalentadora: “El cielo es aquello/ que no puedes alcanzar./ La única salida/ es iniciar un viaje/ hacia el horizonte./ Su umbral/ es tu muerte.”

La desdicha de existir bajo la amenaza de la no redención acecha las páginas de Cineraria como un signo estremecedor del que se desgranan las letras para formar un paisaje movedizo que nos muestra el tormento de la orfandad. “Exiliados de la gracia y caídos”, así hemos soportado nuestra soledad, intentando sin descanso vivificar los espejismos de la fe y apaciguando las llagas que ha dejado la extirpación del cordón umbilical que nos unía con Dios. La fractura entre dios y el hombre aún no ha soldado. Invertimos nuestros días en dar forma al callo óseo que permita restablecer la armonía con el todo. La lejanía es tanta que ni siquiera podemos deletrear el nombre del primer ser que se vio sólo en el mundo y a quien debemos nuestra soledad. En el poema Tetro, Soros dilapida de forma certera el fracaso de no poder restablecer la sintonía y el sinsabor que deja la inutilidad del sacrifico: “Por cada letra de tu nombre/ ayuno diez días junto al tentador./ Por cada letra de tu nombre/ vago diez años por el desierto./ Por cada letra de tu nombre/ soporto diez días de lluvia y deriva./ Por cada letra de tu nombre/ muero sin saber pronunciar/ tu misterio.” El poema está inyectado de una solemnidad inquietante que nos estremece como las cobrizas campanadas de una iglesia en ruinas. Sabemos que el nombre de Dios es impronunciable, que tenemos que conformarnos con el de Adonai, el señor sin nombre.

Si nos adentramos en los parajes del pensamiento judío podemos evidenciar sin complicaciones innecesarias que los esfuerzos por diluir la idea del antropomorfismo de Dios fue una constante entre muchos de sus pensadores como Filón de Alejandría, Maimónides y, por supuesto, Spnioza. La imagen de Dios dejó de ser la del hombre para convertirse en la naturaleza misma. Pero nuestro diálogo con Dios sigue siendo al parecer un diálogo fraternal o visceral como el que establecemos con otro ser humano tal y como lo hace la obra de Sorós. En Cineraria, hay un pequeño detalle de la cultura judía que a mi forma de ver desvela muchas aristas sobre la médula del libro. Juan Soros, en uno de sus poemas, muestra un tintineo sobre una de las aportaciones más originales el pensamiento sefardí: el Tsim-Tsum. El concepto alude a la contracción de Dios para dar lugar a la creación; es decir, que de alguna forma Dios se autoexilió. Si Dios se contrajo en sí mismo para poder crear el universo, entonces no somos más que la inercia cercenada de esa primera contracción, un acto reflejo que repetimos sin cesar y que en ocasiones nos desangra. Constantemente nos contraemos: el arrepentimiento, el dolor, la condena, nos sumen hasta envenenarnos las entrañas.

Los poemas de Cineraria son una concienzuda clarividencia sobre las contracciones del alma humana, contracciones que se vuelven más afiladas por la concisión con la que nos hablan. Contracción y concisión son las dos armas que palpitan en la lectura del libro. Movimientos de una marea que erosiona las heridas más supurantes de nuestro pasado, heridas que lavamos incondicionalmente cuando digerimos las culpas que nos roen y los remordimientos que nos aturden. Como en el poema titulado Patronato: “Las paginas en blanco son los días que me restan”, utilizamos esas páginas, estos días vírgenes para tatuar en su transparencia nuestra propia vida. Vivir es una forma de escribir sin darse cuenta, y Cineraria es un abanico de ecos que silencian nuestro presente.

Para Soros, el poema es a la vez un intento de ritualizar la muerte, una germinación silenciosa de vida. Como bien dice el propio autor: “Esencia del verso el silencio” , somos una constante emanación sin descanso.

En los poemas Lengua de fuego y Sangría, Soros siembra una semilla de metapoesía y nos convida un guiño certero y meditado sobre lo que Haroldo de Campos llama la poesía que se hace de sí misma.
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El hombre es un puñado de letras en donde el tiempo va desdibujando la vida a la vez que traza las arrugas incomprensibles de la muerte. La espesura del tiempo pareciera que no pesa y que es simplemente el ingrávido peso de las horas que habitamos, el doloroso paso que implica esbozar una sonrisa, disolverse en un grito. Cineraria así cumple la función de un espejo cóncavo en le que debemos imprimir una cierta armonía a la deformidad de nuestra existencia, porque al fin y al cabo no somos más que el todo que se reitera en sus cambios, así lo demuestran los últimos versos del libro: "Tierra estéril y desolada/ es la ceniza que soy./ Tierra del abismo de tus tinieblas/ es la ceniza a la que regreso/ Tehom."

por O. Pirot

FUENTE

(Nota: El texto fue leído el 25 de septiembre del 2008, con motivo de la presentación de Cineraria en el encuentro literario "La piedra en el charco", celebrado en Teruel.)

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