sábado, 11 de diciembre de 2010

LA URNA Y LA CENIZA: CINERARIA (POEMAS DE JUAN SOROS)

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Publicado en Madrid bajo el pseudónimo de Juan Soros, Cineraria es el segundo libro de poemas de Edmundo Garrido (Santiago de Chile, 1975). El primero, Tanatorio, publicado el año 2002, recibió el primer premio de poesía inédita en los “Juegos Literarios Gabriela Mistral” y fue antologado en Cantares, nuevas voces de la poesía chilena, editada por Raúl Zurita en 2004.
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En principio no se puede decir que Cineraria sea un libro de lectura fácil o rápida. Y no porque proponga dificultades léxicas o giros lingüísticos heterodoxos, sino al contrario, porque sus poemas destacan por una suerte de laconía o carácter sentencioso que parece apelar a la parquedad de un lenguaje primordial donde late el símbolo, muy próximo al lenguaje sibilino o al de las Escrituras. En general se trata de poemas expresivos, o aun dramáticos, en el sentido en que pretenden comunicar una experiencia sobrecogedora, en que muchas veces se dirigen a un tú o a un nosotros que pone en escena una voz cuyo origen parece misterioso y en que en ocasiones incluso utiliza los dispositivos del lenguaje teatral.
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El libro presenta cincuenta y dos poemas, cuyos títulos remiten principalmente al mundo helénico (seis escritos en caracteres griegos y dos que se refieren a personajes mitológicos), o bien, al mundo hebreo (seis transcritos en caracteres occidentales). Cinco poemas poseen títulos que están en latín, además de otros escritos en idiomas modernos que no son el castellano (uno en alemán, uno danés, un topónimo checo), mientras que la mayoría de los restantes remite a realidades espirituales o escatológicas: “Pira”, “Letanía”, “Lengua de fuego”, “Inhumar”, “Y expiró y murió”, “Crucífero”, “J” (en referencia a Judas), “Del Éxodo”, etc.
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En este sentido, hay algo en Cineraria que responde en cierta medida a lo que Gombrich llamaba “preferencia por lo primitivo”, de acuerdo a lo cual el autor se vuelve hacia el pasado y selecciona entre las tradiciones antiguas aquellas que le resultan más afines. Estas tradiciones, como se ve, no son demasiado exóticas (principalmente, la tradición griega, el judeocristianismo, la Cábala), salvo porque el énfasis otorgado a la tipografía griega y a los términos hebreos, solo por nombrar dos elementos, proporciona a los poemas un sabor cercano al anacronismo, o mejor, a un aura extemporánea o de permanencia intemporal, que hace difícil suscribirlos a una tendencia o a una moda particulares.
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De acuerdo a las notas que cierran el libro, “Soros” (o, en rigor, Sorós, como además se titula el último poema) significa en griego “urna cineraria”, es decir, la vasija destinada a contener las cenizas de los cadáveres.
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En otras palabras, el título del libro repite sinecdóquicamente el pseudónimo del autor, como si literalmente este último fuera el continente de los poemas, cuya escritura, siguiendo la analogía, sería el residuo mortecino de un fuego extinguido, o bien, el remanente o el vestigio de un cuerpo sin vida que se entrega en ofrenda (otra analogía importante es la de la escritura y la sangre, como se lee, por ejemplo, en el poema “Glotta”: “Uso una mezcla de sangre y ceniza/ para fijar en el margen del tiempo/ estos epitafios/ y lamentaciones”). El epígrafe que abre el libro, por su parte, la inscripción de una estela funeraria romana, repite por tercera vez la palabra “cenizas” antes de que el lector haya accedido al primer poema: “Si das de beber a la ceniza/ únicamente formarás barro,/ pero el muerto/ no la va a beber”. Si añadimos a esto que el título del primer libro de poemas del autor, Tanatorio, se refiere, según la RAE al “edificio en que son depositados los cadáveres durante las horas que preceden a su inhumación o cremación”, resulta que la idea de la muerte y, sobre todo, la idea de los restos mortales, constituye un motivo recurrente no solo de este libro de poemas, sino de la poética del autor. Como dice el primer poema “Pira”: “No ser hombre/ sino morada/ de otras muertes/ y de la muerte.// Acechando la redención/ por medio del fuego”.
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Por cierto que el hecho de que un libro de poemas verse acerca de la idea de la muerte no constituye un rasgo distintivo suficiente para caracterizar una poética. Sin embargo, me atrevería a decir que los poemas de Juan Soros destacan, precisamente, porque se parecen muy poco a los de los autores que tradicionalmente se citan a propósito de esta temática, al menos en Chile, y que quizás es aquí donde se juega, por decirlo así, la fortuna de su propuesta.
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Cineraria no es una variación del motivo del ars moriendi o de la danza macabra −o, al menos, no únicamente−ni una meditación existencial o quietista acerca del sentido o sinsentido de la vida y de la muerte. Tampoco interpreta en tono elegíaco las miserias de la mundanidad y la gloria de la eternidad, ni pone en escena los vastos recursos de la poesía mortuoria de la tradición barroca. Yendo un poco más lejos, se podría postular que muchas veces se acerca a esa categoría que los primeros románticos llamaban lo sublime, en el sentido en que se trata de poemas que resultan inquietantes porque su significado queda largamente rebotando en el entendimiento, en cuanto parecen hablar negativamente o por privación de una experiencia que resulta irrepresentable.
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Por ejemplo, el poema que se titula “Tetro”, en el que cada una de las cuatro estrofas está antecedida por una letra del tetragrámaton: “Por cada letra de tu nombre/ ayuno diez días junto al tentador.// Por cada letra de tu nombre/ vago diez años por el desierto.// Por cada letra de tu nombre/ soporto diez días de lluvia y deriva.// Por cada letra de tu nombre/ muero sin saber pronunciar/ tu misterio”.
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También se podría pensar tal vez en aquello que Rudolf Otto llamaba lo numinoso o en la tradición de la poesía mística, en tanto que el libro propone una aproximación a lo sagrado que prescinde de la racionalidad y de una finalidad doctrinaria u ortodoxa. Sin embargo, si bien los poemas apelan a lo inefable, lo tremendo o el misterio, o bien, incluso a la vía purgativa o ascética de unión con lo divino, en cambio, se sustraen de cualquier vía iluminativa o unitiva de matrimonio místico con la divinidad, por lo que tales conceptos parecen quedar cortos frente a la potencia de la duda. Como dice el poema “Oráculo de la nada”: “Existen respuestas/ a todas las preguntas/ menos a una.// Pregunta de la aurora.// (Dedicarás los días que te restan/ a redactar esta pregunta)”.
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De hecho, un par de poemas podrían ser suscritos por cierto talante satanista, en el sentido que Mario Praz le da a este término, o bien, como dice el poema “Letanía”, a un auto de fe que hace de la escritura una suerte de condena, idea a la que apuntan también el poema “Patronato” (“Mi condena fue atestiguar/ mi subsistencia en un libro.// Inconsolable grabo mi nombre,/ muerto sin estar muerto, exiliado de Dios.// Las páginas en blanco son los días que me restan”) y el poema “Summa” (“De mi culpa hice oficio,/ de mi dolor hogar./ Mi huerto es tu memoria,/ aquí espero la muerte”). Como sea, la continua y abundante apelación a las Escrituras parece ser el signo de una relación con la tradición bíblica más propia del mundo protestante que del católico.
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En este sentido, los epígrafes particulares que anteceden a diversos poemas y el cuerpo de notas explicativas que aparece al final del libro cumplen una función fundamental a la hora de guiar al lector en aquellas referencias que parecen menos reconocibles −aunque sin llegar a saturarlas−. No obstante, cabría preguntar si los poemas no funcionarían igualmente sin ellos y si el lector que se propone seguirlos al pie de la letra no resulta acaso confundido en un bosque de símbolos.
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Para terminar, hay únicamente dos poemas que se distancian de los restantes. Uno de ellos es “Kampa”, en el que por única vez aparece la idea de la muerte relacionada con la del amor o la de la amada, y el otro es “Carta”, único poema que aparece fechado y que está escrito en prosa, y que, en la medida en que parece apelar a una experiencia extratextual verdadera −o, al menos a su retórica−, podría operar como origen de la totalidad del libro. Suerte de Maelström o vórtice en torno al cual girarían los poemas.
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Por Rodrigo Cordero Cortés
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