domingo, 17 de abril de 2011

ESTILO DE SER POETA


Un premio nuevo para un nuevo poeta: el costarricense Luis Chaves inaugura la lista de ganadores del Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, auspiciado por ICODE (Iniciativas de Comunicación para el Desarrollo), en conjunto con el Centro Cultural de México. Al jurado lo integraron los escritores mexicanos José Luis Rivas y Alvaro Uribe y el costarricense Osvaldo Sauma. El libro ganador, entre 130 participantes de una docena de países -"Los animales que imaginamos"-, será publicado en México por la prestigiosa editorial Práctica Mortal; en Costa Rica la editorial Guayacán publicará una edición ilustrada por Priscilla Aguirre. El premio se entregará al ganador el próximo 2 de diciembre en un acto poético en el Centro Cultural de México A. D.

Él es tan joven como para que el destino se permita un acto benévolo: colocarlo en el momento oportuno de recibir un estímulo así: primerizo el galardón y primerizo el galardonado.

Sin embargo, no es una novatada lo que Luis Chaves comete en el poemario Los animales que imaginamos, ganador del nuevo Certamen Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, que a partir de este año auspician ICODE, así como la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Centro Nacional para la Cultura y las Artes de México, por medio del Centro Cultural de México en Costa Rica.

Cada poema lo decantó un febril juego de escondido y quedó del poeta con la palabra, en el que este logra al fin atrapar con reinventadas pinzas de verbo y sustantivo y demás yerbas castellanas, el milagro recién amanecido de un sentimiento, una sensación, una imagen inolvidables.

-¿Cómo es la historia de un joven poeta?

-En realidad escribo desde la adolescencia pero siempre mantuve esto de la escritura como paralelo a otro estilo de vida: en la U estudié Economía Agrícola, me gradué y hasta trabajé por dos años, siempre escribiendo. Al final de aquel segundo año vi que debía confrontarme con este otro yo que escribía desde hacía rato, con esa necesidad de verlo más allá de un pasatiempo en medio de un estilo de vida más aceptado por los cánones sociales. Y lo hice: dejé de trabajar y me dediqué a escribir. Para mí no funciona eso de trabajar ocho horas en una oficina y después escribir, y por supuesto respeto que no sea así para todo el mundo.

No es que esté las 24 horas del día escribiendo cuentos o poesía pero es un oficio al que hay que dedicarle el día, leyendo, jugando con una idea, o con una frase, observando. Llevo tres años viviendo así y estoy contento de la decisión de dejar esa vida de corbata y horarios de oficina.

-En una sociedad donde se sacraliza al objeto, se banaliza la vida, ¿cómo sobrevive un ser que poetiza?

- Lo veo en dos niveles: uno sobrevive en tanto que está creando. A mí mismo me salva: los poemas son objetos en los que me puedo afirmar. Si toda esta locura es un naufragio, mis textos, mis ratos de ocio, de leer, son de lo que me agarro para vivir.

Por otro lado, uno se la juega: hago traducciones, consultorías cortas de economía agrícola, que me permiten pagar el apartamento y comer. Hace poco me fui de viaje y a la vuelta vivo de precarista, en el apartamento de un amigo, pero ya pronto podré vivir solo. Mucha gente se asusta de esa inestabilidad, pero ese es el sacrificio para tener lo otro: poder estar a las tres de la tarde en la casa de una amiga viendo los dibujos en el cielo de una bandada de pericos. No lo cambiaría por un salario estable. Hablo por mí mismo, no por los demás.

-¿Dónde ocurre la succión de tus temas, esas sensaciones: en las noches, en la cotidianidad? ¿Qué alimenta tu creación?

- No sé si la palabra que cabe es evolución, pero sí hay un cambio muy marcado entre mi primer libro y éste, y todo el trabajo que hay en medio. El libro El anónimo, publicado con la editorial Guayacán, es un trabajo de poemas antiguos, dentro de la idea que yo tenía de poesía: solemne, seria, tratando temas pesados, y de hecho era una poesía pesada para leer. Trataba de exorcizar el tema de la muerte; en este otro libro está esa presencia, pero en el anterior era más ceremonioso, más retórico, dándole demasiada importancia.

De ahí en adelante fue como un respiro poder enfrentarme a la poesía, pues el acto creativo se ha convertido para mí como en un borrador gigante, con el que desdibujo lo real de lo imaginario. Me desentiendo de qué es real y qué no lo es: tan cierto es para mí en qué trabajo para pagar el supermercado como esos pericos volando, haciendo figuras de aviones, de un pez, o de notas musicales, y no lo imaginé, eso estaba pasando y luego puedo escribirlo. Ahora disfruto muchísimo más el acto creativo. Pasé de esa poesía tan seria y solemne a una más coloquial. Creo que en la sencillez está la claridad.

Si tengo que definir lo que hago ahora es como la poesía de las cosas pequeñas, que para mí son las valiosas.

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