viernes, 7 de diciembre de 2012

SACRIFICIO

(A propósito de la columna "Eclipse de la poesía", de Ignacio Valente)
 
Por Lorenzo Peirano
 
El crítico Ignacio Valente, conmovido ante “la decadencia más o menos general de la poesía en las últimas décadas”, se declara contrario a determinada crítica que da lo malo por bueno. Gente que no entiende lo que realmente está pasando. Dice Valente de las páginas de esos pretenciosos poetastros injustamente bien tratados: “…poemas o fragmentos de poemas sin gracia, sin imágenes que superen lo convencional, sin fuerza, sin manejo del lenguaje, sin musicalidad, sin experiencia humana perceptible.” ¿Qué hacer? Es serio lo que la autoridad literaria propone.

En este sentido, Valente, el crítico (seguramente un heterónimo nacido de una profunda necesidad artística), "pone el dedo en la llaga" al preguntar si en Chile se escriben poemas a la altura de los que se escribían hace setenta años, acudiendo a los nombres de Neruda, Díaz-Casanueva, Anguita, Arenas, Rojas y Parra . ¡Impiedad!, ante esa pregunta el hombre contemporáneo enmudece. Enseguida, menciona a Arteche, Barquero, Lihn, Uribe y Teillier como ejemplos de poesía de altura en la declinación. Después de esos nombres, nada, excepto “Hahn y el primer Zurita”.

Ignacio Valente ha venido a poner orden. Sin embargo, ha olvidado a poetas de su gusto, autores que en sus críticas declaró apreciar; consumación, se deduce, de poesía verdadera. ¿Por qué esta omisión? Pero lo más inquietante viene a ser su sacrificio personal, la abnegada aceptación de no ser él mismo un poeta (Ignacio Valente, o José Miguel Ibánez Langlios, nació en 1936 y ha publicado, en el transcurso de la decadencia que declara, unos cuantos “libros de versos”, por llamarlos de algún modo).

Machalí, noviembre de 2012

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