jueves, 31 de diciembre de 2009

LUIS CORREA-DIAZ: MESTER DE SOLTERIA


Luis Correa-Díaz es un poeta oculto para la mayoría de los lectores de poesía en Chile. Es usual que aquello ocurra en una cultura occidental que -parafraseando a George Steiner- comienza a abandonar la palabra y a privilegiar, sobre todo, la imagen, dejando la lectura y la escritura en una situación de aislamiento. Sin embargo, en países como Chile, el lugar precario de los escritores que conlleva el encogimiento del mundo de las palabras, se acentúa cada vez más debido a la carencia de espacios de recepción de las humanidades, y más aún de la poesía. Si sumamos a esta mirada cartográfica que los comentarios y la circulación de la poesía se ven acorraladas por la falta de diversidad de lecturas, podemos sopesar el precario medio cultural en que se desenvuelve el escritor. Si un investigador visita los anaqueles de Referencias Crí­­ticas de la Biblioteca Nacional, podría contrastar la variedad de lecturas crí­ticas existentes en los años cincuenta o sesenta, con un excelente nivel y, además, publicadas en los periódicos. Si uno pensaba que la democracia iba a traer consigo una pluralidad de enfoques, estaba equivocado. La política cultural chilena ha privilegiado el efectismo, y el trabajo poético, que no se adecua a dicha estridencia, permanece soterrado bajo el peso de una indiferencia culpable. Si, además, agregamos a este desierto que algunos poetas chilenos se han trasladado por razones intelectuales y vitales al extranjero, se hace todavía más patente la intemperie a la que queda sometida su obra.

Este es el caso de Luis Correa-Díaz. Poeta que reside actualmente en Estados Unidos, donde enseña literatura latinoamericana, dedicándose a distintos temas de investigación dentro de dicho ámbito. Entre sus libros destacan: Lengua muerta: poesía, postliteratura y erotismo en Enrique Lihn (Providence, Rhode Island: INTI Ediciones, 1996), a estas alturas un texto de culto para lectores de Lihn; Todas las muertes de Pinochet: notas literarias para una biografía crí­tica (Muncie, Indiana: Ball State University, 2000); Una historia apócrifa de América: el arte de la conjetura histórica de Pedro Gómez Valderrama (Medellín, Colombia: Universidad de Eafit, 2003); y Cervantes y/en (las) América(s): mapa de campo y ensayo de bibliografía razonada (Alemania/España: Edition Reichenberger, 2006). Así­ como una extensa cantidad de trabajos publicados en revistas especializadas, donde resaltan sus estudios sobre Cervantes y escritores latinoamericanos: Juan Gelman, Ernesto Che Guevara, Roque Dalton, Jorge Luis Borges, entre otros. En todos ellos Luis Correa-Díaz inaugura un enfoque propio, que tiene la virtud de conservar la rigurosidad exigida por la academia y, al mismo tiempo, entrelazar una mirada que espejea de cierta manera a su poesía y lo revela como poeta. En este sentido, me parece que es uno de los escritores jóvenes más cercanos a Pedro Lastra, tanto en la importancia de sus lecturas como en el evento poético que ellas ostentan.

A pesar del desconocimiento que se tiene de su escritura, afortunadamente en el último periodo las noticias que Correa-Díaz trae del extranjero se han incrementado, pues desde el año 2003 el poeta se ha asomado esporádicamente a Chile. Sabemos que después de largo tiempo publicación un libro de poesía: Diario de un poeta recién divorciado (Santiago: RIL Editores, 2005) y ahora, a esta publicación, se acaba de sumar durante este 2006 su poemario Mester de soltería.

Aun cuando existen diferencias evidentes, estos dos libros tienen una í­ntima relación. De acuerdo a Luis Valenzuela, una forma de ingresar a Diario de un poeta recién divorciado es ponerlo en relación con el coloquialismo de Nicanor Parra -aunque esto habría que estudiarlo más a fondo- y con la figura de Woody Allen. El acierto de esta interpretación consiste en el lenguaje ocupado por el poeta y la manera de abordar el tema del fracaso amoroso (en su dimensión individual y social): el uso de expresiones de la cultura popular chilena y latinoamericana, y el modo lúdico de enfrentar el quiebre marital, rayan en un humor que ironiza más al amante que a la persona amada, más al sacramento (y su correspondiente institución civil) que a estos dos dramatis personae. Este libro aporta una mirada renovada del desgarro amoroso, que puede explicarse al agregar un tercer faro de lectura a los mencionados por Valenzuela, y consiste en las influencias cervantinas en la escritura de Luis Correa-Díaz. El desamor no comparece enfrentado a la gravedad del dolor o a la desesperación que provoca usualmente este tópico en la poesía chilena (piénsese en Pablo Neruda, Enrique Lihn, Rodrigo Lira, entre otros), sino que es puesto en la distancia que provoca al poeta verse a sí­­ mismo envuelto en la tragicomedia de la vida marital. Y desde esta perspectiva es que el Diario ... se entrelaza con su último libro Mester de soltería.
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Este poemario constituye el tercer número de la recientemente inaugurada colección "Cuadernos de poesía" de la Editorial Altazor, dirigida por Patricio González, el mismo editor que trabajó con Gonzalo Millán en la revista El Espíritu del Valle. El lector puede quedar complacido ante la elegancia de esta edición, que lleva en la portada una sugerente pintura, cortesía del artista brasileño Siron Franco. Ahora bien, refiriéndonos propiamente a la escritura de Mester de soltería, lo mencionado en la contraportada del poemario sirve como ví­nculo en relación con el trabajo que viene efectuando el poeta, que, pese a las obvias diferencias de estilo y tópico respecto del Diario ..., guarda una estrecha consonancia con su poética: "Mester de soltería reúne poemas escritos en los últimos siete años -algunos, eso sí­, vienen del olvido también- y se suma a otros mesteres que andan todavía sueltos en nuestras letras americanas. Aquí­ parece el autor querer decirle al lector (aunque no debiera, porque de seguro sabe que mucho de lo suyo no es nada nuevo): "¿oístes vos mis penas nunca usadas?" Penas que, no obstante, muestran siempre un lado risueño, muchas veces (auto) paródico, ya que son mas que cualquiera otra cosa eso: palabras de valor escritas con tinta agridulce". El color de esta tinta recorre la poesía de Correa-Díaz desde su primer libro, derramándose primordialmente en los aspectos risueños y trágicos del erotismo, la religiosidad y la política.
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Si consideramos que la mayoría de los poetas tiene una suerte de relación erótica con la página, se puede aquilatar la relevancia que sustenta el erotismo sacro y revolucionario en la poesía de Correa-Díaz. Marcelo Pellegrini, en el capi­tulo "Domeñar el coloquio" de su excelente libro sobre poesía chilena de los 90 dedicado al poeta, descubre esta característica de su escritura en la recurrencia a la oración en el poemario Rosario de actos de habla (Santiago: Imprenta Ñielol, 1993). Esta interpretación puede aplicarse también a otros poemarios del autor como Ojo de buey (Santiago: Aleda Ediciones, 1993), o Divina Pastora. Jaculatorias apócrifas (Santiago: Biblioteca del Niño Expósito, 1998). En ellos se juega con los múltiples sentidos y funciones...
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Jorge Polanco
Taller de Letras UC

APUNTES SOBRE MESTER DE SOLTERIA DE LUIS CORREA-DIAZ


Escucho el Réquiem de Mozart. En una de esas se me perdonan los pecados durante la misa de los difuntos. Lo más probable es que aparezcan las imágenes de los vivos una y otra vez para entender así el significado de la vida en la hora de la muerte -recuerdos como estatuas de la memoria. Los cantos siguen: la ópera de los versos.
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La lectura de la última publicación de Luis Correa-Díaz, es un sumergirse en crónicas vívidas por un sujeto obstinado en la observación del otro y de los otros, y estilizadas mediante las técnicas del soliloquio, y por toda musicalidad de fondo está el deseo de la redención de sus errores en el marco fúnebre de una muerte siempre presente.
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Este poeta y profesor de literatura latinoamericana en los Estados Unidos, ha publicado diversas obras poéticas, las que se despliegan a partir de 1990 con Bajo la pequeña música de su pie (Santiago: Documentas). Y la última publicación había sido en el 2005, con Diario de un poeta recién divorciado (Santiago: RIL Editores), donde plasma unas crónicas matrimoniales con bastante humor y sincronía irónica. El poeta escribe una poesía testimonial poco ortodoxa, que no habla de sí misma sino de sujetos anónimos, donde es fundamental la reacción cotidiana ante los sucesos que viven otros como si los viviera uno mismo. Por eso, estaríamos lamentablemente equivocados si pensáramos que el Diario de un poeta recién divorciado, por ejemplo, corresponde a una obra personal y secreta que bajo el códice verbal se esconde la realidad del poeta. Sucede, que el poeta ha sido soltero toda su vida, y por ende no tiene divorcio alguno a cuestas. El poemario recoge los divorcios de otros/as y el poeta se da a la tarea de vivírselos como cosa suya.
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Mester de soltería (Viña del Mar: Ediciones Altazor, 2006), es su sexto poemario, y en él pareciese que el poeta se desnuda. Pero ya sabemos que no es/será así si respetamos la lógica de su obra hasta la fecha. No se desnuda ante nadie, sino que ante sí mismo en pos de sus versos. Por eso comencé relacionando todo esto con el Réquiem de Mozart. Es decir, los versos danzan de forma armoniosa en conjunto con toda la obra, sufriendo la despedida de los despojos carnales. En esos actos de desnudez que nadie observa, la del solitario frente a la muerte presentida, aparecen imágenes cotidianas que recuerdan los tiempos en vida yéndose. Son imágenes potentes y no menos desgarradoras, aunque más de alguno me diría que sólo son parte de la rutina del recuerdo. Sin embargo, es esa rutina la que duele y provoca el desgarro. Correa-Díaz hace de ese desgarro escenas donde la belleza se llama ironía.

Sin pensarlo, se ríe de todo lo que se mueve, para de esa manera construir un panorama dramático, donde los sujetos son parte de un juego poético de retrata todo lo que está a su alcance. Por eso que hay intentos de explicar los sucesos que van apareciendo, para de alguna forma perdonar los pecados, aunque al parecer el poeta en ningún momento pareciese ser devoto de las alturas celestiales. Es más, se queda con lo terrenal y toda la vorágine que ello implica. He ahí una dualidad existencial.

Entre esos intentos de explicar lo inexplicable, de encontrar lo que no está, de intentar darle sentido a lo inexistente, sus versos del poema Por sabiduría son un reflejo de esto.

..........Habría que preguntarle a alguien
..........ojalá buena gente, si el camino
..........que hemos tomado lleva a alguna
..........parte, no sea que nos tengamos
..........que volver por donde vinimos,
..........eso sí sería un desperdicio
..........y el problema vendría después,
..........cuando quisiéramos partir otra vez […]

Acá el poeta, ya se transforma en la antítesis de Dante, nuestro querido. Es el archienemigo, el villano cómico, el sujeto desgraciado. No tiene nada de heroico, porque se le acabó todo rastro de él, y por eso mismo es un soltero que no se enorgullece de su condición, sino que más bien mantiene la esperanza de poder vivir la vida, corno un dios de sí mismo, y un descrubidor solitario de su misma mente babélica. En él suceden las cosas del mundo, y por eso que el libro de Luis, es un intento por reflejar el rastro de la mente esquizofrénica y paranoica que todos poseemos en mayor o menor medida según el caso particular. Me cuesta pensar en los poemas de Luis Correa-Díaz serían como en Altazor de Huidobro, es decir, donde la caída es triunfo. Más bien, el babelismo de Luis, es la vorágine de las búsquedas del sí mismo para triunfar después de la batalla de una guerra acabada. Es el triunfo en vano. Retratar las imágenes de esto, es retratar los miedos a la caída, el sincero reconocimiento de lo inferior, y el rendimiento ante lo magnífico de lo exterior. Todo se ve grandilocuente, mientras tanto, el poeta yace buscando entre las habladurías el destello de la lengua precisa, aunque no pura. Su poesía es más bien endiablada, la de un demonio abandonado en el Limbo -de allí la ilustración de la portada de su primer poemario funciona como un lema, y la de este último como un corolario.

Por otro lado, cuesta detenerse para precisar si esa búsqueda del habla es de forma desesperada o más bien, mucho más mecánica; pero he ahí la potencia de la construcción poética. Es la ambigüedad misma, que al colocar al lector, en una posición de decisión tonal, por el cual el poder de la alternativa cobra aún mayor significado, donde el resultado es sin duda muy feliz.

Por lo tanto estamos ante un poeta de la calle, sin duda. Se atreve a gritarnos al oído, o muchas veces prefiere caer en el eco de los edificios, o un silencio que intimida, al igual que en esos momentos, donde la escena es ver cómo el agua de lluvia se evapora. Lo más probable, que lo humano resalte in natura. Poeta de la calle, que prefiere quedarse en las tentaciones; por ningún motivo estima necesario ascender sobre todos los estadios, para llegar a contemplar a su Beatriz Portinari.

De esta misma forma, su condición de citadino, pero a la vez tan personal en sus versos, le otorga a Correa-Díaz la habilidad de manejar la palabra a su antojo para desarrollar de mejor forma las imágenes que construye producto de una observación sagaz, y es por esto mismo, que la visualización de los finales de cada poema nos invita a seguir imaginándolos, quedan más adentro de la retina lectora. Concluyo sobre esto, diciendo que la obra de este poeta es una permanente invitación a mirar el exterior con mirada de verso. Como soy atrevido, en estos momentos califico la poética de Luis Correa-Díaz, como el arte del aliento, ya que en ella, aparecen los espíritus del interior en consumación, y en el rastro de las huellas de la lengua, el arrepentimiento, y la redención de sí mismo, aparece como objetos circundantes de las imágenes construidas. No es descaro, es aliento.

........hay días en que me da esto que no tiene nombre
........médico, y que yo llamo sin más ataques del alma
........en pleno estómago, tormentos que me da la vida

Aliento, que durante siete años fue gestando para publicar este poemario bastante superior a mucho de lo que hoy se publica en Chile, y que merece ser leído. De más está decir, que por su condición de poeta exiliado (autoexiliado quizás, da casi igual) Correa-Díaz se posiciona como uno de los creadores de un arte renovado, profundamente trabajado, y paradójicamente tan chileno y universal a la vez.

Escucho el Réquiem de Mozart. Las voces se van apagando, y a su vez, los versos de los muertos quedan ahí esperando su renacimiento. Es sublime, pero al mismo tiempo humanamente errabundo. Luis cae en la tentación de escribir a desgarro del aliento interior.
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Alberto Cecereu

ENTRE PARRA Y WOODY ALLEN


Diario de un poeta recién divorciado es el quinto poemario que Luis Correa-Díaz publica -este año publicó el sexto, Mester de soltería. Luis Correa-Díaz no aparece validado por las antologías de poesía chilena, por ahí asoma tímidamente en la Nueva Poesía Hispanoamericana en una de sus primeras ediciones junto a Zurita y en otras posteriores junto a Bolaño.

Al abrir el libro leo lo siguiente:

"Si para el lector hubiera o hubiese la necesidad imperiosa de un autor, dada la no menos curiosa, divertida y espeluznante obsesión auto/biográfica de nuestros días [...] sólo entonces, si el lector necesita de esto para satisfacer por completo el gusto o disgusto de su lectura, écheme a mi la culpa de estos in/felices versos que tiene entre manos"
Con esta advertencia comienza este poemario, indicación al lector con la que el autor aspira a esconderse y poner de manifiesto esa vieja ambigüedad autor-hablante. Es decir, sólo si el lector lo desea el autor se hace responsable de lo escrito en el poemario -comienza el diálogo con Parra.

Al ingresar al texto y dejando a un lado el diálogo directo que entabla con el Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez, se hace visible que esta suerte de tragicomedia desde la coloquialidad intenta ironizar las imágenes de un quiebre marital, y lo hace construyendo versos que brotan de la cultura popular; "Los declaro marido y mujer/ hasta que la muerte..." , "si te he visto no me acuerdo" o "Me quiso mucho, poquito nada", que son parte del imaginario colectivo, y otros versos con un lenguaje informal: "Super simple", "condenao", "me tinca", "dificilón". Lo coloquial, a partir de versos sencillos y simples, encuentra en la ironía interesantes pasajes a lo largo del poemario: "Tengo el corazón enfermo/ de tanto recordarte, oye/ ¿no te da vergüenza?". El verso va hacia la construcción de un sujeto fisurado por el amor, situación que de inmediato quiebra con la interpelación a la amada, enunciación alocutiva que continúa y descarga los ánimos del hablante en el otro: "De ahora en adelante, tus caprichos/ de musa (querida) me tienen sin cuidado". Considero que estamos frente a una poesía de amor que me recuerda a algunos versos de Óscar Hahn, tanto en forma como en tópico, lo que se ve reflejado en algunos versos y formas coloquiales de este poemario: "Todito lo que tocaste, hoy por hoy/ como reliquia venerada lo conservo". Sin embargo, este amor no es ni de musas ni de tonos cursis, por el contrario, este poemario juega con lo cursi, lo usa para reírse. Este fracaso del amor dialoga con un contexto en el que tanto hombre como mujer son prácticos, fríos, poco comprometidos, y trasforman el amor en un amor que se diluye rápido, un amor efímero, sin compromisos, frágil. Así, el hablante se configura como un sujeto fracasado en lo que de amor se trata, pero sin sucumbir ante él, por eso la figura de Woody Allen resulta tan pertinente para mi lectura, por eso la ironía de Parra también. Una mezcla final, como lector que reconstruye a su antojo, que me agrada porque desde la sencillez logra fundar un mundo tragicómico.

Para cerrar este comentario cito la suerte de poética que expone el hablante:

.........."Reitero el propósito:
..........Pura pedagogía social
..........La poesía debe reírse
..........De sacramentos nulos
..........Y echarle pa' elante"

Se trata de una "pedagogía social" que busca enseñar a tropezar y burlarse del error, de la falla, preceptos morales que a veces complican más de la cuenta al individuo que habita esta sociedad. Para eso debe ser útil la poesía, dice el hablante, para burlarse de las desgracias.
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Luis Valenzuela Prado

DIARIO DE UN POETA RECIEN DIVORCIADO DE LUIS CORREA-DIAZ


Tendríamos que empezar situando a Luis Correa-Díaz en el contexto de la poesía chilena reciente: En el artículo Intimidad Urbana, huellas de los últimos poetas del siglo veinte, Bernardo Chandía y Sergio Rodríguez (Cyber Humanitatis 14 -Otoño 2000) ubican la obra de Correa Díaz -nacido en 1961- en lo que ellos denominan la "Generación Apagada", es decir aquella que entraba en la adolescencia al momento de producirse el golpe de Pinochet (1973) y que sufrió el llamado "apagón cultural" vivido en Chile a partir de aquel instante y durante todos los años 80. Pues bien, en el artículo de Chandía y Rodríguez se citan unas declaraciones de Sergio Saldes que nos parecen pertinentes para nuestra reseña de Diario de un poeta recién divorciado de Luis Correa Díaz que abordamos en estas páginas. Dice Saldes refiriéndose a emblemáticos autores de la tradición chilena contemporánea, verbigracia Lihn o Teiller: "son poetas que hablan claramente desde el yo, son líricos" en cambio en la "generación apagada" habría "una voz que habla y que no es necesariamente la voz del yo", y un poco más adelante: "no usamos un yo lírico, sino un yo textualizado".Esto me parece clave para entender un libro como el que nos ocupa. En efecto, se trataría de un yo, no sólo textualizado, sino en abundancia intertextualizado. Desde el título ya nos ponemos en relación con la famosa obra de Juan Ramón Jiménez Diario de un poeta recién casado para constatar que efectivamente Correa-Díaz está en las antípodas del maestro español y no sólo por el sentido opuesto que obviamente implica, sino por el tratamiento del lenguaje que ofrece el libro del poeta chileno. El Diario de un poeta recién divorciado está compuesto por 121 textos breves y numerados -dolores los llama Correa-Díaz, con un guiño a Violeta Parra-, que giran en torno al tema de la separación de la pareja conyugal. Es importante señalar de partida que, como se nos insta en la "Advertencia" que abre el poemario, podemos leer los poemas "anónimamente", situándonos ante dichos dolores, como ante un objeto entregado, el libro como un obsequio (el que incluso se podría encontrar a la mano, como bonus, en un supermercado u otro negocio, no necesariamente una librería), a quien se identifique con ellos -aunque, por otro lado, el poeta se eche "la culpa de estos in/felices versos"-, en un claro juego/intento de exorcismo poético de la "no menos curiosa, divertida y espeluznante obsesión auto/biográfica de nuestros días" (7), particularmente cuando el poemario asume, con un gesto sutil de burlona complicidad, el género que exhibe desde el título en adelante.

Pero ¿de dónde vienen las causas de esta separación, del divorcio? Esto es lo que cabría preguntarse, y el poeta Correa-Díaz parece decirnos que el problema comienza con un desacuerdo en el tálamo "donde se decide todo" (18), pero la cosa no queda allí sino que se amplía, digamos, a un conflicto de comunicación: "Un día empecé / empezaste / a hablar una lengua oscura / y se nos nubló el corazón" (27). Y esto ocurrió cuando aparentemente todo iba sobre ruedas en la relación hasta que, según nos informa el sujeto enunciante, "le pregunté si era feliz / y ahí empezó el dramón" (32), lo que a su vez probablemente condujo a los esposos a la separación de los cuerpos, como nos enteramos irónicamente en estos versos: "Vegetarianismos en la cama / conmigo no, no y no" (34). Entonces tenemos por un lado, la hiperconciencia del lenguaje, la neurosis a la que uno puede llegar por interrogarse autorreflexivamente sobre su propia situación y el muro que dicho hiperlenguaje puede levantar llevando a la pareja a una incomunicación sin remedio. En este punto ni la memoria de la poesía podría salvar el escollo: "nos dijimos de todo / y el cantar de cantares se llenó de / verbales picotazos" (50), con lo cual "la suerte estaba / echada" (35).

Aquí podríamos enfatizar el carácter intertextual -y, por ello, hipertextual- que domina gran parte del poemario. Acabamos de citar el bíblico cantar de los cantares, pero la gama es amplia y va, por mencionar algunos ejemplos, desde el también bíblico Génesis (el tema de Adan y Eva) o abiertamente literario -Quevedo, Fray Luis de León, Durrell, el Edipo de Sófocles-; el cinematográfico -Bergman, por cierto-; el psicobiológico/político -Reich-, hasta la cultura popular -en lo que Correa-Díaz es un maestro. Veamos estos versos: "no / nos merecíamos ese final / de telenovela barata" (13) para no hablar de sus menciones a Pimpinela o Juan Luis Guerra o a Los Iracundos -legendario grupo uruguayo que colmó los sueños de miles de jóvenes latinoamericanos durante los 60s y 70s, y su canción Chiquilina-, sin olvidar a Tito Fernández. En este aspecto Correa-Díaz se entronca perfecta aunque paródicamente con la moderna tradición conversacional hispanoamericana y su propuesta de desacralizar y desolemnizar el lenguaje poético vía elementos de la cultura popular cotidiana. Y es que dicho propósito va con el espíritu de nuestro poeta, humorístico, irónico, epigramático, satírico y bolerístico; quizá así conformado por el deseo de paliar el verdadero y profundo dolor que le causa la separación conyugal y que él pone de manifiesto -como se nos informa desde el primer momento- con "fines didácticos" (9) y por supuesto poéticos -agregaría yo-, o como dice Marcelo Pellegrini en un capítulo dedicado a libros anteriores de Correa-Díaz, se trata de la "escritura de quien asume los riesgos del dolor con una salvífica sonrisa"(1). Así comprendemos mejor el gongorino y ríase la gente con que se nos exhorta en la contratapa del Diario:

................EXEMPLUM

................Extraigo del Diario de un poeta recién divorciado
................para la galería un botón: ayer no más, amigos
................míos, la pareja perfecta... Y al final
................lo único que queríamos era salvarnos del otro
................de esa danza negra a la que caen las horas
................(la composición se impone) como los dientes
................a la buena vieja en el romance de 1582
................de Góngora, que no se por que lo recuerdo
................en este trance, ¿será por aquel estribillo
................veintiañero y ríase la gente?

Hay un aspecto que quisiera recalcar en Diario de un poeta recién divorciado. El uso del lenguaje popular e incluso la jerga, así como el manejo de refranes y giros orales, los que le otorgan no sólo verosimilitud al discurso sino una rotunda frescura y espontaneidad acordes con el desnudo corazón del poeta (no de la persona del poeta, pues aquí no se trata de autobiografía) capaz de definir la ruptura amorosa con esta inusual belleza: "Se nos cayó el cielo / de las manos" (10). Y en el giro coloquial: "mata de arrayán florío, saco / de güevas, ramón ramón" (21). O la raíz india: "paloma palomitai ay palomai" (17) expresada con esa ternura incomparable de la voz andina -vía Víctor Jara aquí. Además tenemos los juegos verbales y letristas, que en el contorno de este poemario adquieren los ribetes de una performance conceptista y culteranista [culturalista -hoy, se diría] a la vez, como es el caso del poema # 29: "De tanto estar casados / nos salió una n" (19), el cual es todo un hallazgo de la imaginación poética del autor, ya que sintetiza brillantemente la temática del libro y -simultáneamente- ofrece un vivo ejemplo de su labor como artífice del lenguaje, constituyéndose en una suerte de ars poeticae en su inusitada sencillez y brevedad. Casi al final el poeta nos dice "no hay forma / de acortar el olvido" (43), pero allí estuvo y está la poesía -"la consolación de la poesía" (55)-, como queda palmariamente demostrado con este Diario quizá más terrenal que dos de sus entregas anteriores: Rosario de actos de habla (1993) y Divina Pastora (1998), pero no menos incitante y placentero, porque aunque Correa-Díaz diga que éste es un "archivo del fracaso", aquí triunfó la poesía.
a
Róger Santiváñez
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(1) "Domeñar el coloquio." Confróntese con la sospecha. Ensayos críticos sobre poesía chilena de los 90. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2006. p. 34-35.