sábado 14 de noviembre de 2009

Ricardo Navia: Agonía de un hombre infinito.

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Por Julián Gutiérrez
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1.
En un mundo apropiado por seres superficiales y prácticos, “mecanizados antropoides que viven aceleradamente, que apuran sus copas sin saborear el licor que las llenara y que gustan de los placeres y huyen de los dolores con tan vertiginosa como estéril velocidad” (Saidel,1959); Ricardo Navia, constituye un poeta náufrago necesario de (re) conocer en toda su profundidad y amplitud. Y es que él, tal como lo señalara Andrés Sabella, no es un poeta de los que, sentados encima de la vanidad, miran hacia la vida, jugueteando con su ombligo: “Navia sabe que la vida es una exigencia de sangre y existe para entenderla hasta su más pequeña raíz, para interrogarla en su equilibrio de todo y nada” (1994). De allí su rebeldía, estallido e inconformidad; su malestar acumulado y su inquebrantable lucha política. De allí, también, toda la pasión del amor y la sombría visión de la muerte, la tragedia y el desgarro en su poesía.
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Navia es un poeta trágico y desgarrado porque la vida no le ha dado tregua. Todo lo ha perdido o ha estado a punto de perderlo. Nació en Santiago en 1926, sufrió la tristeza y el hambre de los años 30, a los 15 años de edad enfermó gravemente de tuberculosis, estuvo internado en los sanatorios El Peral y San José de Maipo; luego se casó con Eva Rosenmann – Taub, sufrió la ruptura matrimonial y la separación de sus hijos; viajó por extrañas tierras, fue perseguido político y sus más cercanos compañeros, asesinados durante la Dictadura militar. En su poema Autobiografía, afirma: “El capitalismo untó de flores negras mis pupilas, / llenó de cementerios mis palabras, / hundió el barco de mi vida, / puso piedras en mi lengua para que no gritara.”
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Su obra poética, conformada por cuatro publicaciones y un extenso trabajo inédito, además de representar el desarrollo de más de sesenta años de intensa labor creativa, constituye una propuesta distintiva y clave dentro del panorama poético chileno. A través de un lenguaje original y directo, de un tono íntimo, existencial y derrotista, su poesía nos habla de un ser humano maltratado, doliente y solidario, y de un tiempo en que la miseria sopla, reina y nadie escucha: “el hombre escondido detrás de la niebla / lanza su dolor húmedo al mundo, / pero nadie, nadie oye nunca nada”. Todo esto hace de Navia, un poeta marginal, pero siempre ético y consecuente con su visión social, política y poética del tiempo, del mundo y de la vida que le ha tocado vivir, en sus ya más de ochenta años de existencia.
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2.
Ricardo Navia forma parte de la generación de poetas nacidos en la década del 20, a la que pertenecen, entre otros, Mario Ferrero (1920), Alfonso Alcalde (1921), Antonio Campaña (1922), Marino Muñoz Lagos (1925), Miguel Arteche (1926), Cecilia Casanova (1926), Stella Díaz Varín (1926) y David Rosenmann Taub (1927). Todos ellos, integrantes claves del proceso de renovación poética iniciado en Chile en los años 40: “década en que se acelera el proceso de clausura o desintegración de las vanguardias como fenómeno estructural, ante el surgimiento de nuevas voces poéticas que buscan caminos distintos o exploraciones divergentes”(Nómez, 2006).
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Su obra irrumpe en el contexto de la lírica chilena en el año 1948, con Las Nubes Trágicas, libro de tres poemas que da cuenta de un sentir profundo y trágico de la existencia. En su prólogo, Antonio de Undurraga señala: “Como dos corrientes mágicas, subterráneas, las técnicas románticas y surrealistas se entrechocan en forma indefinida, rítmica, en esta poesía que, en último y cabal término, es auténticamente barroca, en el noble sentido de la palabra, por su sed – ilimitada y vaga – tendida hacia los cuatro puntos cardinales de la ansiedad, los sentidos y el espíritu.”
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Morir, Morir, su segundo libro, fue publicado en 1954. Lo conforman un conjunto de poemas escritos entre los años 1948 y 1951, bosquejados en un Sanatorio de San José de Maipo y terminados en otras ciudades del país y de Argentina. Obedece a una época especial de su vida, “a experiencias absolutamente personales y a un modo de mirar el mundo desde el punto de vista derivado de las mismas experiencias.” Aquí Navia, además de manifestar un avance en su desarrollo poético, continúa manifestando una visión desoladoramente trágica del mundo y de la vida: “Miro las calles pálidas y se van derritiendo en sombras, van agonizando, desintegrándose a mi vista. Miro los edificios y se convierten en humo inmóvil, en humo triste, en humo lúgubre que cae… / Así transcurren los días, gota a gota, sordamente, los días, los días prolongados hasta la muerte.”
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De lo Profundo, su tercer poemario, publicado en 1969 y comenzado a escribir diez años antes, cuando vivía fuera del país, nace del insondable dolor del hombre, producto de los golpes de la vida. Al respecto, Sergio Latorre afirma: “No están los viejos ismos de la taumaturgia poética. No hay esa sátira cruel del amargado. Su lírica vuelve a retomar el dolor del hombre y a esgrimirlo como una espada negra”. En el poema titulado Hiroshima, el hablante dice: “Hombres y mujeres por arruinadas calles, / pasáis quemados y desnudos / con la piel lacerada y llagas más adentro que el alma. / Balancéanse los edificios y caen, juguetes mal parados, lo que antes fue primavera es ahora cisco ennegrecido. / Rostros quemados, manos extendidas, / agonizantes labios sin lamentos, / horas inclementes, destrucción y sangre carbonizada.”
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Cumbre Detrás de la Sombra, 1994; su cuarta publicación, presenta una serie textos divididos en cantos de amor, de locura y de muerte. Sobre él, Edmundo Herrera afirma: “Su sentido sublime de la vida, le hace ser terrenal, lleno de fuego y llamaradas. Su palabra – certera como rayo – abre horizontes, narra su universo de luces y de sombras.” En sus páginas se despliega toda la visión de su amada ausente, el transcurrir de una vida delirante y de los oscuros episodios de violencia y muerte producto del Golpe militar de 1973.
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Desde el Abismo el Sol Transcurre, texto inédito, escrito en la década del noventa en un Hospital de Santiago, cierra la agonía de este hombre infinito, asolado por la muerte y la soledad de un mundo casi sin esperanzas: “todo es voz de sepulcros enlutados, / todo es húmedo y podrido hasta el delirio... / en tanto, inútilmente / el farol lejano trata de alumbrar”, nos dice en uno de sus poemas.
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3.
Leer a Ricardo Navia es como situarse en el borde insondable de la existencia. Su escritura, fundada en el dolor de la muerte, nos regresa al destierro, en un ascenso cuesta abajo, sublimando lo perdido: “Amada, tu presencia de hilo absorbido / me hiela los ojos y mi paso extraviado / de luces muertas y cenizas cantando en la luna”. La constatación de la muerte, permite el diálogo con la ausencia: le penetra, habla y escucha: “En medio de la niebla, alguien muere. / Alguien cae en medio de la niebla / y suena su mar al estrellarse. / Todo viene cayendo como ventanas y bocas / que al anochecer, se visten de luna en medio de la niebla.” Su poesía habita la paradoja, en protesta y resistencia contra la inmanencia de la razón: no trata de elegir el todo sobre la nada o el ser sobre el no ser, sino que trata de soportar el desgarro de la muerte, entrando en la herida. Sus poemas dan forma al dolor abriendo los bordes de la fisura: “Cada vez, detrás de cada experiencia, abandonamos un ojo, un labio, un trozo de mano desesperada. En los adioses se quedan nuestros dedos helados y el pañuelo se hace carne en nuestros ojos.” Navia no poetiza para tapar el vacío, poetiza para custodiarlo, abriéndole el pecho. Permaneciendo, no huyendo. Como poeta trágico no soslaya ese abismo, esa agonía, la padece y la testimonia a lo largo de toda su obra como una profunda afirmación del mundo. (Mujica, 2002)
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Muestra de Cantos a la Muerte, 2008.


“El poeta trágico se entrega al dolor más profundo, que desvirtúa todas las explicaciones optimistas de la existencia. Pero este sufrimiento libera las fuerzas que no se darían de otra manera, y se establece como un valor último que por sí mismo es una respuesta. En esto consiste el secreto del arte trágico, que es la afirmación más profunda del mundo, pues aún encuentra una revelación en lo que aparentemente no tiene sentido…”
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Walter Muschg
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(De Morir, Morir, 1954)
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¡Oh, dioses de la amargura! Quiero sobrevivir a vuestras cenizas; a carcajadas quiero renacer de vuestras sombras.
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¡Oh, Pueblos! La muerte, sobre el suelo, aún yace fresca, palpita, y de vez en cuando con su tétrico latigazo, nos hiere. Sobre ella quiero florecer.
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¡Oh! Pueblos, Pueblos Nuevos, que estos cantos de amargura y de negra aflicción, sean el último tramo de la escalera oscura, pues más allá se abre luminosa, la puerta de la liberación!
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Que estos cantos de loca desesperanza sean el impulso que os lleve a la mansión ansiada del Hombre redimido, del espíritu vencedor.
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¡Oh, Pueblos, Pueblos queridos, quiero cobijar en mí toda tristeza, matar a la muerte con su propia muerte!
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Mas, ¡ay!, ¡oh, Pueblos, Pueblos, Dioses de la Amargura, es la noche, la noche, la amiga fiel y atormentadora que nos anuncia el gran amanecer!...
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XII
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Madre, acuérdate de mí. Cuando yo parta, que nadie use mis cosas; que ningún niño juegue donde yo estuve. Que no crezca yerba donde yo morí, no vaya a ser cosa que mis ojos florezcan.
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Madre, regálale mis zapatos a un mendigo; mi ropa échala al río; a un moribundo dales mis poemas. Que nadie más que tú sepa cuánto odio al mundo.
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No guardes nada mío; no quiero ser un recuerdo muerto dentro de los objetos de tu pertenencia, un recuerdo inmóvil que salta a tus ojos cuando te topas con ellos. De morir, quiero morir con todo lo mío.
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No me pongas en la tierra, madre. No quiero que mi cuerpo se convierta en otros cuerpos pequeñitos y que mis manos se prolonguen por el suelo. No. No quiero, madre, en ninguna forma vivir de nuevo. A los amigos diles que me fui de viaje, que siempre existo, que estoy en todas partes, que vivo en todo.
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Cuando muera quiero que muera el mundo, quiero que todo muera. Que nadie vaya por los caminos que fui. Que nadie toque lo que he tocado, que nadie mire lo que he mirado.
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Madre, cuida de que todo muera cuando yo muera.

sábado 24 de octubre de 2009

Fragmento del prólogo de la antología Fin de Siglo

Promoción Post-87: Identificación, postmodernidad y discursos.

I.
Más que un catálogo de textos o colección de autores, toda antología busca constituirse en obra facultada para realizar un corte (lo menos sangriento) en la historia de una literatura. Por eso se le exige ser una entidad discursiva coherente, fundada en lineamientos ideológicos y didácticos, y con la capacidad de ampliar o reafirmar el canon literario.
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Conscientes de estas exigencias y de las dificultades propias de un ejercicio cruzado por la subjetividad y el reduccionismo, FIN DE SIGLO: nueva poesía chilena de los 80, nace como una antología que busca dar testimonio de una de las realidades poéticas más interesantes de nuestra literatura. La que producto de las dificultades de categorización dentro de los criterios generacionales clásicos, o de la dinámica propia de un campo fuertemente en disputa, había quedado perdida en la disgregación y en la ausencia. Se trata de la obra de un grupo de poetas chilenos pertenecientes a la denominada promoción Post-87, nacidos en el transcurso de la década del sesenta, que tienen su educación durante la dictadura militar y su primera producción a fines de los 80. Son todos autores, hoy, de más de 20 años de trayectoria creativa, referentes de una expresión poética anclada en la historia de fines del siglo XX, y que desde la dispersión animan nuestra literatura actual.
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El objetivo de este recuento es reconocer y hacer visible un segmento generacional que, aunque posible de ser identificado al interior de la tradición literaria, no había sido dado a conocer en su amplitud.
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El modelo comprensivo usado en la estructuración de la muestra consideró a poetas chilenos nacidos entre los años 1959 a 1967, que publican a partir de 1987, y poseen a lo menos dos libros editados como prueba de un trabajo serio y sostenido, y cuya calidad o factura está refrendada por un proceso de recepción crítica dado en el tiempo de su desarrollo.
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De esta manera se ha conformado un corpus representativo de 28 autores, cuyas obras reflejan propuestas consistentes y heterogéneas, y que contribuyen con notable madurez a la ampliación del panorama lírico del país. Se trata de Andrés Fisher, Armando Roa Vial, Luis Correa-Díaz, Francisco Véjar, Marcelo Novoa; Víctor Hugo Díaz, Guillermo Valenzuela, Isabel Larraín, Jesús Sepúlveda, Álvaro Leiva, Nadia Prado, Malú Urriola, Sergio Parra, Harry Vollmer, Yuri Pérez; Isabel Gómez, Bernardo Chandía Fica, Sergio Rodríguez Saavedra, Lorenzo Peirano, Sergio Ojeda, Leo Lobos, Cecilia Palma, Ernesto Guajardo; Pavel Oyarzún, Mario García, Víctor Hugo Cárdenas, Jaime Huenún y Bernardo Colipán.
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II.
Estos poetas no sólo comparten edades, vivencias y fechas de publicaciones próximas; sino también cierta “pertenencia a una visión de mundo, una sensibilidad, un lenguaje y una formación relativamente similares”; posibilitando la conformación de una idea de cuerpo promocional más o menos específico al interior de la poesía chilena.
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Sergio Saldes, en un intento por situar a esta promoción, constata que el proceso formativo de sus integrantes se desarrolló bajo el régimen dictatorial instaurado en Chile a partir de 1973: “nuestra educación media y universitaria –los que la tuvieron- fue durante la dictadura, por tanto, todo el sistema con que fuimos formados fue el sistema que la dictadura implantó”. Y luego establece: “es una generación que no tuvo exiliados, ni relegados, y esa es una de las razones de por qué, desde el punto de vista de la escritura de la obra, el tema del 73 no aparece. El golpe no es una experiencia vital, directa para nosotros”. Por su parte, Jaime Lizama al poner su atención a la manifiesta voluntad de distanciamiento de esta promoción respecto de las precedentes, señala que no se trataba estrictamente de una voluntad de ruptura, políticamente estructurada, y del ahondamiento de un corte al estilo de la vanguardia; sino que la fricción era parte de un entusiasmo y frescura nada de mesiánicos, derivados de síntomas que reconoce en “la decadencia perceptible del régimen autoritario y la indiferencia o distancia respecto del golpe militar en relación a los procesos formativos vitales y de producción”. En este mismo sentido, ya antes, Luis Ernesto Cárcamo había hecho coincidente la gestación productiva de este grupo de poetas con los rasgos de una sensibilidad juvenil cuya experiencia vital ya no estaba fundada en la dictadura, sino en el espectáculo de los cruces: experiencia súbita de la modernización tecnológica, omnipresencia de la cultura de masas y sus reciclajes, influencia inagotable de lo audiovisual, nomadías de las hablas, como parte del clima de un horizonte postmoderno que sintoniza con lo que él llama: “agonía de la realidad”.
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Por lo tanto, y más allá de las innegables repercusiones del golpe militar en la identidad de la sociedad chilena, así como de los profundos trastornos ocasionados a la situación cultural, económica, social y política del país, incluyendo, por cierto, la poesía de fines de siglo; debemos reconocer que la situación contextual de la promoción post-87 tiene que ver también con un contexto global denominado postmodernidad. Término que hace referencia a una nueva estructura de sentimientos que invade a la gente común, una nueva manera de experimentar, interpretar y estar en el mundo que ha socavado los sentimientos modernistas. Efecto, a su vez, de la recomposición del escenario económico internacional y la globalización; la disolución de los horizontes de la revolución y el rompimiento de las promesas de potencial integrador de la modernidad, la pulverización de los grandes proyectos y la pérdida de la convicción en un progreso homogéneo.
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De esta situación, señala Jorge Larraín, emana un discurso que se liga con el problema de la identidad de una manera contradictoria: “por una parte acentúa el descubrimiento del “otro” y de su derecho a hablar por sí mismo; pero por otra, destaca el descentramiento del sujeto y la pérdida de su identidad”. Es decir, por un lado “pone el acento sobre la cultura como un modo específico de vida o un modo de ser de un pueblo y defiende su derecho a expresarse, a manifestar una verdad que difiere de otras. Pero por otro lado, rechaza la idea de una identidad personal integrada y coherente porque descarta la idea de un sujeto autónomo y capaz de construir discursos”.
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La base de todo este cambio radica en la nueva concepción de la realidad que ya no puede reducirse a un solo patrón racional, porque para el postmodernismo la realidad se ha desintegrado en una multiplicidad de simulacros y significantes sin sentido, dirección o explicación racional. Reina el caos y la fragmentación de las imágenes: “el sistema entero fluctúa en la indeterminación, toda la realidad es absorbida por la hiperrealidad del código y la simulación”. La realidad no es más que un conjunto de fragmentos e imágenes discontinuas y cambiantes que hacen ilusoria la existencia de un punto de vista comprehensivo o superior que pudiera encontrar un sentido global.
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III.
Respecto a los discursos, los poetas de la promoción post- 87 se caracterizan por acentuar las claves locales y parciales de las realidades en que se mueven, clausurando la posibilidad de un discurso totalizante o globalizador, acentuando claves de dispersión escritural, inestabilidad y desconfianza en el lenguaje. Las identidades locales (poblacionales, barriales, étnicas) dan lugar a una escritura como espacio definitivamente desjerarquizado de la cultura.
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Al respecto, Oscar Galindo establece que los modos más recurrentes de esta estética son el pastiche, la simulación, la parodia, la plurisignificación y la promiscuidad intertextual. Y su propósito sería borrar las huellas del pensamiento teleológico y erosionar la idea del sujeto tradicional como fuente de significación o paradigma de comprensión de lo real.
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Por su parte, Jesús Sepúlveda destaca la marca de una urbanidad degradada , de una ciudad marginal y vespertina, presente en estos discursos: “Los modos de poetización de la generación se inscriben fuera del sistema de la lengua canónica, y por tanto próximos a una oralidad urbana. Sin embargo, [aclara] no se trata del gesto desacralizador de la discursividad antipoética, por cuanto esta escritura no surge como reacción frente a un discurso hegemónico –como fue el caso de Nicanor Parra frente al discurso monumental de Pablo Neruda-, sino más bien como manifestación de un cierto tipo de habla citadina que expresa una experiencia vital específica: la vida nocturna de la ciudad. Modo de convivencia social que reaparece en Chile con el retorno a lo público y el término del toque de queda”.
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Finalmente, esperamos que esta concurrencia de voces, reflejo del oficio creativo de un importante grupo de poetas de la promoción post-87 chilena, permita una (re) valoración de su significativo aporte y contribuya en algo a la memoria política, social y literaria de este país tan proclive al olvido. Cada autor aquí representa un sentir, una mirada, una dicción que engendra y aglutina conciencia, atraviesa nuestra memoria y se detiene a develarnos el profundo estado de malestar que afecta nuestra existencia actual.
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Julián Gutiérrez
Maipú, 5 de octubre de 2008

FIN DE SIGLO en Artes y Letras


domingo 18 de octubre de 2009

Congreso Internacional de Poesía: Chile Mira a sus Poetas

MIÉRCOLES 28 DE OCTUBRE
10:00-11:15
Sala 1: Facultad de Letras-UC (Campus San Joaquín, Avda. Vicuña Mackenna 4860, Macul) Mesa: Poetas de los 90 I
Modera: Rodrigo Cánovas (UC)
La poética como pantalla. Taxi Driver de Egor Mardones. Ricardo Espinaza (U. de Concepción)
 Determinaciones del sujeto poético en textos de Jaime Huenún y Germán Carrasco. Walter Hoefler E. (U.de la Serena)
 Figuraciones del padre en la poesía chilena postdictadura. Paulina Wendt Munita (U. Diego Portales)

Pavel Oyarzún: voz fundamental

Nacido en la ciudad de Punta Arenas (1963), este poeta y narrador, si bien hoy ha destacado por la publicación de dos excelentes novelas, El paso del Diablo y San Román de la llanura, su poesía va a la par con su calidad de narrador. Perteneciente a un conjunto de escritores que ha desarrollado su labor desde la Patagonia, su obra se centra en lo social, recuperando la memoria histórica de la región desde sus raíces. En su obra, nos encontramos con la historia de los pueblos originarios exterminados por los colonizadores y con las luchas sociales que se dieron en la región. Historias desconocidas, distorsionadas y omitidas por muchos años por los escribanos afines a la oligarquía. Oyarzún es un poeta que aporta en todo el sentido de la palabra. Ha publicado los poemarios: La cacería (1989); La jauría desquiciada (1993); La luna no tiene luz propia (1994); Patagonia, la memoria y el viento (1999); In memoriam (2002).

Ramón Díaz Eterovic, opina sobre poemario "Patagonia, la memoria y el viento" (1999):

"La poesía de Pavel Oyarzún es la épica de los anónimos y desposeídos habitantes originales de la Patagonia, a quienes define como "los muertos más olvidados de la tierra, con nombres olvidados, con tumbas perdidas, con dioses que no viven y gobierna". Seres de carne y hueso a los que presenta en la traquilidad de la pampa patagónica y luego, en el enfrentamiento con el hombre blanco que, en definitiva, los llevó a su extinción. En su poesía hace una propuesta consistente, una nueva forma de poetizar Magallanes y su historia, con acentos donde se evidencia la influencia del también poeta magallánico Rolando Cárdenas ("Poemas Migratorios"), pero que en definitiva encuentra una expresión propia, profunda, que conmueve e inquieta. Pavel Oyarzún construye una poesía de versos seguros, con imágenes logradas y capacidad para transformar las referencias históricas en textos que invitan a la reflexión."