lunes, 15 de febrero de 2010

DE LA POESÍA Y LAS INFLUENCIAS

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por Armando Roa Vial
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Hablar de influencias frente a algo tan casual y hasta milagroso como la poesía, por más que el propio lenguaje, ya desde el modo de organizar las palabras, sea una tradición, no deja de resultar paradojal. La verdadera influencia que determinados autores puedan tener en uno no es algo que se pueda mensurar con exactitud. Desde luego existen ciertas preferencias, pero no estoy seguro si éstas apuntan realmente a los autores en sí mismos o bien a obsesiones, a sentimientos, a intuiciones que nos tocan en lo profundo y que encuentran en ellos un eco vigoroso bajo el halo de la complicidad. La poesía, como la vida misma, al final es una cuestión de temperamento. Es probable que la obra literaria se componga de múltiples voces que hablan articuladamente; que la consistencia radique en la pluralidad; que la coherencia e integridad en la fragmentación.
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Las enumeraciones pueden ser múltiples. Hay autores a los que he traducido y a quienes siempre vuelvo, como Ezra Pound, Keats, Swimburne y Robert Browning; ciertas lecturas provocadoras y estimulantes como Dostoiewsky, Hölderlin, San Agustín, Baudelaire, Nietzsche, Celan, Schopenhauer o Thomas Bernhard. Y cuando se trata de volcarse a otros lenguajes no verbales -quizá por que aquello que buscamos rebasa el estrecho límite de la palabra- siempre apelo a la música, que parece comenzar allí donde la palabra acaba, dando paso a dimensiones sobrehumanas, numinosas, casi inefables, y por eso mismo, abrumadoras. Sin ir más lejos, en varios de los poemas de mi texto "El Apocalipsis de las Palabras/ La dicha de Enmudecer", ensayo un esquema rítmico que intenta aproximarse al sistema de las series de doce notas de la escala cromática ideado por el compositor austríaco Anton Webern.
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Existe, pues, una multiplicidad de voces que convergen en el poema como ríos secretos e inmemoriales. Tal vez el poeta es quien absorbe desde la singularidad de su voz la identidad y la experiencia de otros en quienes su propio destino ya está prefigurado, consciente o inconcientemente, en una suerte de reminiscencia platónica, en la historia íntima, oculta pero real que se desarrolla en el corazón; Pound defendió la contemporaneidad de todas las voces en la sospecha de que el poema, el gran poema de la raza humana, ese poema soñado también por León Bloy, era al final uno solo. El poeta, sin abjurar de su individualidad, debe destilar la emoción, despejarla de lo accesorio y ampliar su registro hasta alcanzar lo universal y esencial, de manera que otros hombres puedan reconocerse en él. Es la polipersonalidad del lenguaje poético, su ser en el no ser, su tentativa continua por proyectarse fuera de sus propios límites, muchas veces lejos de cualquier posibilidad de amparo, arrojado en un mundo neblinoso que sólo parece adquirir su relieve en la palabra, cuando el hombre lo transforma en símbolo (las cosas nos buscan para transformarse en símbolos, afirmaba Nietzsche).
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Decía que no me es fácil mensurar la influencia que determinados autores puedan eventualmente tener en mi propia obra poética. Mis lecturas, como imagino las de cualquier otro poeta, han estado determinadas por la preferencia, por un acto intencional del sentimiento puro que aspira a reforzar ciertas emociones o intuiciones que, no sabemos por qué, ya han estado en nosotros apremiándonos y acosándonos desde nuestras regiones más oscuras. Por eso, más que de influencias -se ha hablado de la angustia de las influencias- prefiero hablar brevemente de las zozobras y perplejidades que nos llevan a ceder ante la tentación de la poesía, de la propia y de la ajena, quizá de manera inevitable, como autores y lectores, para destronar y suplantar esa realidad que no todos soportamos demasiado.
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El universo de ficciones creado por la poesía -condenado desde tiempo inmemorial por Platón, quien calificó de mentirosos a los poetas- me lleva una y otra vez a la misma pregunta, a saber, si acaso la vida es capaz de admitir una dirección, un sentido, un fin preciso, o si por el contrario, es tan sólo una realidad fútil a la que el hombre debe falsear, inyectándole atributos de los que por naturaleza carece, para hacerla más tolerable. Me refiero, entonces, al encubrimiento radical de las verdaderas dimensiones de la existencia que debemos llevar a cabo para poder subsistir. Sabemos que el hombre, en cuanto ser inacabado, es una posibilidad vacía susceptible de irse completando a partir de sus potencialidades. La necesidad de certidumbres lo obliga a forjar un mundo ilusorio, fantasmagórico -el de los absolutos, el de los valores eternos- al cual se adapta de inmediato para esconder su sentimiento de insignificancia, consciente de que al menos, desde las categorías de la razón, no existe ninguna relación concebible -humanamente concebible- entre lo finito y aquello que Pascal denominó "el aterrador silencio de los espacios siderales". La poesía, sin embargo, de alguna manera consigue sortear este abismo; contra toda esperanza, en una conjugación indisoluble de fugacidad y plenitud, logra trastocar la oscuridad primordial de las fuentes originarias de la vida, su "horror vacui", en un fenómeno estético, en una afirmación y divinización de la existencia, aun en sus aspectos más sombríos o desconcertantes. No en nombre de la desteñida lucidez racional -la poesía bien puede ser asimilada a una suerte de protesta contra las verdades de la razón- sino en nombre de la belleza. He ahí el gran misterio de la poiesis: la metamorfosis de la impotencia en poder; de la duda en certeza; de lo absurdo en la grandeza de un destino inevitable; el vislumbramiento de un orden nuevo, refractario a todo formulismo simplificador, a toda normatividad homogeneizante. No sabemos con exactitud el origen de ese microcosmos que la poesía logra intuir, ni tampoco el por qué de su vocación prometeica por espiritualizar el mundo ordinario, sometido al tiempo, al espacio y a la causalidad, en nombre de un fondo ignorado hasta el cual busca descender como una sonda, por medio de imágenes que yuxtaponen revelación y añoranza. Mallarmé, refiriéndose a la experiencia poética, la definía como un entrar desnudo en el tabernáculo terrible pero fascinante de lo desconocido".
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¿Es la poesía también un enmascaramiento? ¿O es acaso el reverso, una usurpación desocultadora, haciendo visible lo invisible, franqueando el abismo lógico que separa la esfera del ser de la esfera del deber ser? Más allá de los accidentes del estilo, de las arquitecturas verbales, de las construcciones o desconstrucciones del lenguaje, son éstas las preguntas esenciales en las que se abisma mi poesía. ¿Influencias? Claro, las hay y muchas, especialmente cuando se trata de una poesía que no pretende pensarse única y exclusivamente desde ese territorio impreciso de la poesía misma. La visión del poeta es aquella visión que integra todas las visiones para entablar una relación original con la experiencia, relación que, como bien se ha afirmado, tiene su génesis en la necesidad de reclamar una "actividad modeladora y transfiguradora de lo real sin la cual la existencia transcurre muda, hundida en un pesado sueño e insensible a su propio ser".
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