domingo, 13 de junio de 2010

TRES PREGUNTAS AL POETA CRISTIÁN GÓMEZ


En todo poema debe escucharse el silencio que lo antecede

por David Bustos

Cristián Gómez (1971) oriundo de la comuna de Independencia, tiene cuatro libros de poesía, dos de ellos publicados producto de premios como El Sor Juana Inés de la Cruz (México) y Premio Iberoamericano Víctor Jara (Salamanca, España). Actualmente reside en Iowa, Estados Unidos, donde termina su doctorado.
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1. ¿Cristián sientes de alguna manera que eres mirado como un poeta ganador de premios que vive más bien dentro de un ámbito académico?
-No sé en realidad, cómo seré mirado, pero tengo la sensación de que más bien no soy mirado, en absoluto, osea, creo que para mucha gente, salvo para un reducidísimo número de buenos amigos y amigas, no existo. Los premios que he ganado no creo que me hayan granjeado ninguna notoriedad, del Sor Juana me enteré yo, tres amigos en Santiago y mis viejos, punto. Del premio en Salamanca, casi lo mismo. Y está bien que así sea. Se editaron dos libros, producto de esos premios, que ni remotamente han circulado por allá. Gajes del oficio, cosas del fútbol.
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El aislamiento en que hoy vive la poesía, nada nuevo por lo demás, es sólo un dato más de la realidad y no algo por lo cual ir a lloriquearle a algún ministro ni limpiarle la alfombra a nadie. Para difundir o leer con más entusiasmo o por lo menos sacar el poema del contexto de libro: recomiendo hacer más bombardeos tipo Casagrande, eso estimula, eso calienta, eso es algo que, habiendo estado en el primero de esos bombardeos, difícilmente se olvida. Volviendo a tu pregunta:los premios están ahí pa’ ordenar tus poemas, reflexionar sobre lo que estás haciendo, meterlos en un sobre, mandarlos y olvidarte del cuento. Si pasa algo, bien. Si no, bien también. Los que te critican por ganar un premio o no necesitan la plata de los premios porque son parte del peso de la noche (Diego Portales dixit) que domina en Chile, o es simplemente otro capítulo de nuestra pequeña y lamentable hoguera de las vanidades sobre la cual no vale la pena extenderse.
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¿Académico? Eso es divertido. Generalmente es gente o que no te ha leído o simplemente exuda mala leche. En la Academia, primero, hay de todo: gente muy aperrada, gente muy jugada y otra gente extremadamente idiota y cuadrada, como en todos y cada uno de los ámbitos de nuestra vida. Ahora bien: si participo de las tendencias que hoy dominan en la Academia, ‘tá más que claro, para cualquiera que entiende mínimamente del tema, que uno, como poeta, tiene muy poco que decir en la Academia, especialmente en la academia norteamericana. Pero en fin. damn if you do, damn if you don’t.
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2. ¿Qué significado tienen estos tres libros de poesía, publicados en 1954 para tu formación como poeta: Para ángeles y gorriones, Poemas y antipoemas, Transeúnte pálido?
-La verdad, de los tres libros que nombras, la respuesta sería muy variada de acuerdo a lo que he vivido con cada uno de ellos. De entrada, Transeúnte pálido no lo he leído nunca, sino hasta muy recientemente. Me pasó algo raro con Uribe. Al principio, cuando me lo topé por primera vez en la antología del Erwin Díaz, pasé de largo. No me interesó, no me gustó en absoluto. Esos poemas cortos sin ninguna invención verbal, me parecían, en suma, que nada tenían que ver con lo que para mí era en ese entonces sinónimo de poesía, a saber: Lihn, Teillier, Cardenal, lo poco que había leído de Pound y Eliot, específicamente los Cuatro cuartetos en la traducción de Valverde, si no me equivoco. Entonces Uribe no me atrajo en absoluto, creo que yo no estaba preparado para eso. Lo mismo me pasó con Alberto Rubio: yo no sabía leer esa poesía. Después llegué a Uribe con No hay lugar, Por ser vos quien sois y toda la propaganda que le hacía la Ana María Cuneo en las clases de la Chile. Después, recuerdo que Odio lo que odio, rabio porque rabio fue el libro que definitivamente me abrió las puertas. Las críticas de Chile, también. Incluso llegué a publicar una reseña de Los ataúdes/Las erratas. Hoy me parece un autor importantísimo, una relectura que me gusta hacer lejos del personaje que en algún minuto el viejo llegó a ser, esa caricatura de sí mismo que aparecía día por medio en ciertos diarios opinando de lo humano y lo no tan humano, a diestra y siniestra. Pero antes de seguir adelante, me asaltan algunas dudas sobre el planteamiento de la pregunta. Y es que supone que hay una etapa de formación, un momento estanco y superado, fácilmente distinguible de otras etapas, supongamos una sub-siguiente de madurez, ¿no? Y proponer esa especie de teleología en que una mirada autobiográfica y retrospectiva es capaz de reproducir y “ordenar”, ergo, reconstruir su pasado, proponer esa mirada me parece, no de parte tuya por cierto, sino de una respuesta que fuera en ese sentido, acomodaticio, autocomplaciente. Yo soy un poeta en formación, yo, de hecho, no termino de entender qué significa exactamente responder a ese apelativo. Pero supongamos que uno ha publicado un libro. Supongamos que ese libro respondía a cierta necesidad, a cierto afán de inscripción, para ser más claros. Entonces por lo menos uno forma parte de un discurso que se asimila o se pretende asimilar con la poesía, además de incorporarse a cierto circuito social más o menos establecido y con el que se mantienen relaciones de negación o de afirmación, pero que ahí está y es difícil de omitir. ¿Y esto, en definitiva, permite definirse como poeta?
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Por otra parte, Ángeles y gorriones no fue tan importante para mí como lo fuera, como lo es, Para un pueblo fantasma, del cual hice mi desastrosa tesis de Licenciatura, que algún día debiera reescribir. Pero todavía más elocuente para mí resultan ciertas actitudes, que no son de buenas a primeras calificables como “poéticas”, pero que en mí caso particular, en términos absolutamente personales, han sido decisivas. No es lo mismo ser poeta porque se escriben poemas que escribir poemas porque se es poeta. Esta es una definición de base. Conlleva, sobra decirlo, consecuencias irrecusables en lo que uno escribe. Hace poco leí el ensayo de Auden, “Hacer, conocer y juzgar”, y volví a sorprenderme con la lucidez de ese viejo. El texto se abre con una cita de Thoreau, “El arte de la vida, de la vida del poeta, es hacer algo no teniendo nada que hacer”. Parecido a unas palabras de Cocteau que cita por ahí Teillier, “Poeta es un escritor que no escribe”. Hacer algo de esa nada, esa “airy nothing”, o por último quedarse en y con la nada, “¿por qué no la nada en vez del ser?”, preguntaba Heidegger al final de uno de sus ensayos más famosos. Por qué no el silencio en vez de todo esto. ¿No era Stevens el que decía que en todo poema debe escucharse el silencio que lo antecede? ¿Y el que lo sigue, también? Será por eso que me gustó tanto el último libro de la Malú Aburriola, como le dicen. Ese libro es muy pero muy potente.
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3. Pedro Lastra afirmaba ya en los ochenta: “No cultivamos el ostracismo y tenemos siempre presente la idea de volver. Pero cómo y a qué. Vinimos por nuestra cuenta, sin que nos invitara nadie, pagándonos nuestro pasaje y estada. Pero advertimos que se nos ignoraba, que nuestros títulos no estaban en las librerías, que poco o nada se sabe de lo que hacemos afuera” Hahn por su parte también afirmaba diciendo: “Se nos formó para dejar que nos fuéramos, quizás porque no interesábamos”. Han pasado veintiséis años de aquellas declaraciones, de acuerdo a tu situación como poeta que trabaja y estudia en una universidad norteamericana ¿Sientes que las cosas han cambiado de algún modo?
-No, al contrario: siento que el aislamiento que describen tanto Lastra como Hahn no ha hecho más que incrementarse. En Chile, al igual como pasa en otros países del continente, para ser hay que estar. Ojo que no me estoy quejando, sólo estoy describiendo una situación. Y acá en Yanquilandia si no eres una loca que habla de lo mal que lo pasan las locas, difícilmente te pescan (en la Academia, digo). Francisco Casas, por ejemplo: para algunos profesores eso es la narrativa chilena. O la Diamela y sus comparsas. No existen Díaz Eterovics ni cosas que se asemejen. Me acuerdo que una vez trajimos a Lorenzo García Vega, poeta cubano del núcleo inicial de Orígenes, un teórico y un escritor de fuste: había que acarrear a nuestros siempre despiertos estudiantes de postgrado para que fueran a oírlo. En Chile, la verdad, tampoco es que me pescaran mucho cuando estaba allá, así que el cambio no es tan fuerte. Sí, en cambio, y es bueno matizar la brocha gorda, hoy existen ciertos canales, básicamente la blogosfera y ciertos websites, que permiten mantener una comunicación más o menos fluida con lo que pasa en otras latitudes. Pero ojo que esa información también tiene que ceñirse a ciertos formatos, a ciertas normas de circulación, lo que transforma nuestro conocimiento en “la literatura peruana que circula en Internet”, que no es necesariamente lo mismo que “la literatura peruana”, dentro y fuera de Internet. “Se nos formó para dejar que nos fuéramos, quizás porque no interesábamos”: esto es de perogrullo. Es evidente que no interesamos. Punto final. Se acabó, ya, no hay más. No hay más rol social de la poesía ni nada que se le parezca. O se re-define o se re-define. Pero habría que agregar, también, y aquí hablo a título personal, que nos fuimos también porque nosotros no estábamos interesados, porque no queríamos seguir allá. Cambiar de aires, en síntesis, también puede ser una bendición.

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