sábado, 27 de marzo de 2010

A PARTIR DEL HOTEL MARCONI


Jesús Sepúlveda aparece como uno de los poetas más interesantes entre aquellos que comienzan a escribir en el tiempo de la dictadura chilena (1973/1990). Con obra publicada en su país, Estados Unidos, México, Argentina –y textos dispersos en revistas europeas– llama la atención de críticos y estudiosos de lugares tan distantes entre sí como Australia y Finlandia.
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También escritor, Naranjo bucea en procura de las claves para comprender la ética y estética de los llamados poetas bárbaros chilenos, que son aquellos surgidos precisamente en esos años oscuros.
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1.
Saben que cantar es un acto imaginario
y que la luz es un acontecimiento puramente reflejo
Nada hay de malo en su apreciación del mundo
Sin embargo
Oyen mayar las almas de los gatos muertos
Elefantes blancos
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El hotel, a diferencia de la casa, designa un lugar de paso, un traslado, un tránsito, un interregno donde se cruzan distintas direcciones y salidas, recepcionistas y viajeros –hay ‘hoteles de mala muerte’ y otros de ‘buen pasar’–; en este libro se hace una instalación del hotel como un soporte, como mirador del traslado y de la cita con el emplazamiento de la ciudad, de la cifra enigmática que tiene como metáfora de la traducción, de la conformación de un punto imaginario, en donde hay un choque con aquellos elementos que no pasan, que no transitan, que permanecen, y que precisamente no son reductibles en un continuo, y constituyen o traman en este sentido, la bisagra en que se sustenta la comunicabilidad de los poemas de Jesús Sepúlveda.
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El hotel nos invita a experimentar un pasaje donde se dan cita los fantasmas del pasado entre las piezas y los interiores que tienen una cámara interna, un patio, una zona donde se oye como un manicomio de voces.
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Yendo, desde la fachada hasta el interior, el hotel designaría el proceso del tránsito en que comparecemos a la escena de la transformación de las voces en canto.
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Es como si la casa de Juan Luis Martínez, aquella que está en el poema La Desaparición de una familia –la casa sin nombre propio en que entra el tiempo y sale el espacio, la casa que devora a sus propietarios, a sus dueños, (la casa que caza)– aquí hubiera sido convertida en un hotel .
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Las referencia para situar la producción de Jesús Sepúlveda (abajo der.) en la generación de los bárbaros avalaría esta hipótesis: en el Hotel Marconi, la ca(z)a de Martínez (el autor) se ha convertido en un soporte del tránsito, del desplazamiento que permite emplazar el lugar, interrogando las vistas de las ciudades que se recorren, y aplazan en un conjunto de lugares a la vez.
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Entonces, aquí hay un punto que se refiere a que el hotel integra una relación, en la cual los nuevos bárbaros, los habitantes, establecen un vínculo con los espacios imaginarios, con el cruce, con el roce de las experiencias con que se constituye el pasaje de la poesía en la ciudad.
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En las puertas de este libro-viajero hay un epigrama, una advertencia que ha sido hecha por el hotelero, cabe preguntar, a dónde entramos realmente, y a dónde salimos, en qué medida la poesía está de paso, y en qué postura, mirando de qué manera, velando o desvelando qué sentido de las imágenes, o poniéndose en los distintos balcones y cámaras, a qué precio del importe de la voz, y saldando qué sentido de movilidad.
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Tal vez esto, se pueda leer en el artículo de Paul Dresman, que conecta el viaje del Che Guevara por Latinoamérica en moto con el paso de los "beat" por Norteamérica –vale decir conformar un espacio imaginario de América en relación a un recorrido, a una zona de contactos y trasmisiones, que no dependen estrictamente de un anclaje secular centrado en los nombres de la nación, sino de una relación a nivel de la memoria, de la experiencia que nutre la poesía–, y que sitúan el sentido de este tránsito en otros soportes de producción como son la revista bilingüe Helicóptero, la fundación de Piel de Leopardo, o un poema anterior como Lugar de origen, por ejemplo.
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El epígrafe a la entrada del hotel nos dice: "si quieres cantar, olvida las almas que dominaron tu infancia".
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Aquí las almas, los espíritus, los espectros somos nosotros, la comunidad de los lectores (la comunidad instituida por la circulación del libro y el tiempo de la lectura), y en un sentido la advertencia se hace para cuidar, y decir que en realidad no podemos entrar sin pagar un importe, puesto que de lo contrario habría un traspaso, y en tal caso, cuál sería la propiedad de los poemas, y la noción de importe, trueque, o demarcación del terreno de la circulación entre los bárbaros, ya que eso marca la advertencia de la entrada, un trecho, una invitación, un desafío y un interdicto, que distinguen las voces del canto, y con ello la noción del curso a seguir en quienes volverán a los poemas.
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O: ¿En qué lenguaje cantar cuando solo se canta el desencanto? diría tal vez Martínez, refiriendo al lenguaje de los pájaros pero con la ironía del gato de Alicia en el país de la maravillas.
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La puerta del hotel está para ser traspasada diremos, y en tal caso se deshará la comunidad de los espectros, ante un hotel con extraña inscripción, una que parece funcionar como una advertencia e invitación, y que se dirige al visitante, pero también para situar el sentido de no-pertenencia en que se encuentran los viajantes en una zona de tránsito.
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Habría que designar entonces el Hotel Marconi como un emplazamiento del proceso del olvido a quienes no viven (no tienen) infancia. ¿La infancia que construye el poema sería algo que no se puede tener ni aprehender? Y entonces ¿cómo se habría levantado un hotel que proviene de la continuidad misma del viaje por los cuales entra el tiempo y salen los espacios? Ya en el epígrafe, al final, en otra clave, el hotel es una relación a la plaza de Babel, en la que, y de entre todas las lenguas, faltaría el canto de la poesía.
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Es decir, que en ese vacío constitutivo, en la ausencia de una lengua poética, la poesía recorre los lenguajes, o se plantea como un canto en la dispersión, haciéndonos viable distinguir el camino en donde se emplazan los lugares comunes del tiempo que se abre.
En alguna medida, y siguiendo la advertencia, nadie puede realmente entrar en el hotel, o al hacerlo nadie podría salir, y entonces, bajo ese riesgo, en ese lugar que no tiene lugar, no podría, o acaso no debería haber un hotel como ese, porque o bien el hotel es el mundo entero, o no es ningún mundo, con lo cual habríamos confundido la dirección y el sentido del movimiento (que serían tal vez, las del ojo y la esfera).
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Pero también, y si entramos al hotel, y ya habiendo leído la advertencia, haciéndonos cargo de esta, veríamos que en realidad sí es factible la entrada, y que en el hotel hay visitantes-almas, rostros, elefantes, que está Marlowe, una Biker colorina con chaqueta de cuero negra, música de Tango, estrellas de cine como Lula & Sailor de David Lynch, Mara, y otros .
Puesto, que los lectores somos también pasajeros de ese lugar que es el libro, habríamos ya un montón, en que en algún punto tendríamos que ver cómo cabemos, o cómo nos conectamos, o cómo encajamos, ¿si hay vacantes, o no? El hotel sería una posibilidad para un viaje temporal que no es el tiempo de todos los tiempos, sino uno en el cual se dividen las poéticas de emplazamiento a los imaginarios de la ciudad (¿la ciudad modernista?) que ha sido ocupada por los bárbaros.
Por eso, no se trataría tal vez de hacernos más chicos, consumiendo una píldora –u otra, para hacernos más grandes como es el caso de Alicia–, puesto que en algún punto algo quedaría irreducible, y en el límite, lo que habría que ver sería, cuál es el sentido del emplazamiento que transita.
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Es que si bien el Hotel Marconi podría ser la casa de Jesús, como el nombre emblemático del autor, y la ciudad de Santiago, el barrio Franklin, las vitrinas, los conventillos, y las fotografías de antaño, lo sería también un ir a Seattle, y a Oregón en los EEUU, y a los paisajes de Holanda y la India.
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Luego, el Hotel no es exactamente un lugar donde la metáfora emplaza la ciudad, su abstracción (como marca de toda una escena de la producción), sino un pasaje de apertura temporal, una visita que se cuela entre distintas ventanas, y por distintos recorridos, y en donde el lugar moviliza un conjunto de lugares, bajo diferentes temperaturas, y en las cuales esa infancia es exhortada en la entrada para cantar.
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2.
Tu lengua bárbara aparece y desaparece
Destellos en cuarto sin luz
Tibieza inerte
Eclipse
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Qué significaría olvidar sino recordarlo todo y luego, y habiendo una imposibilidad para ello, además cantar, porque quién canta, o qué canta, cuando no se cae, o no es posible seguir el sentido de la caída en paracaídas que atraviesa una dirección, un horizonte de constitución del mapa poemático como creación, y en donde al interior del hotel, el poeta sería un bárbaro, en el cual lo que hay es como un manicomio de voces, es decir, un proceso que en el corazón de esa poesía ubica el sentido del pasaje que no se puede eludir, y al que se vuelve una y otra vez con la cita, con los barbarismos que oponen poesía y gramática, imagen y territorio, conformando un reducto contracultural, y cuál es el sentido de dicho reducto.
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¿Habría un punto donde no hay razones, donde no se puede decir, excepto el irreducible para despedir aquellos espíritus que dominaron la infancia? En tal caso, los Elefantes blancos que oyen mayar a los gatos, cantan junto con Cheshire.
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Porque la infancia no es necesariamente la niñez o una edad, sino un estado de la imaginación, ese hecho sería significativo para ver cómo se imaginan los infantes, y el modo de emplazar que sería contrario a un gobierno de ancianos. El sentido del hotel, es el de un local cuya localización está en el tiempo, y donde lo que se emplaza (o lo que se traduce) de esa manera sería un sentido que se encuentra con la juventud, como interregno que tiene la poesía, y que estaría a la entrada y a la salida, como un descubrimiento de su peculiaridad.
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Este emplazamiento del tiempo para designar el proceso del olvido cruzaría la poesía de Jesús y su tono nihilizante que está presente también en sus otros libros, Lugar de origen, Escrivanía, el ensayo El jardín de las peculiaridades, y Correo Negro, y que refieren a la conformación de conjuntos de peculiaridades.
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Y puesto que se trata de un lugar que es de todos y de ninguno a la vez, en el cual la infancia debe ser descubierta, es como si el poeta diera vuelta el sentido del crecimiento generacional para volver a reencontrarse en un punto sin origen, en el cual se hace posible cantar [o: del cual surge la posibilidad de cantar]. Cantar que es distinto a simplemente hablar implica signar las voces, y sitúa el proceso de aprendizaje del poeta.
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¿Cuál sería la diferencia que motiva ese des-emplazamiento de la ciudad, en conjuntos de imágenes, que a su vez son la puesta en escena de una transmisión, que tendríamos que ver a partir del libro?
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Los infantes qué harían, qué dirían, puesto que también tienen edades, y hay de distintos tipos, y también niños-enanos, y juguetes, y animales, que los enanos no son niños propiamente hablando, pero designan también la relación al circo y los juguetes, y en dónde ubicaríamos en este sentido la frescura del poema, y el sentido de la infancia, en que el gobierno de las edades, libera estos irreductibles que cantan.
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En las afluencias y confluencias de los "beat" que como Kerouac o Gingsberg, o un poeta como Kavafis, pasan por el Hotel Marconi, habría que ver que si en realidad hubiera un estado de la infancia que comienza al despertar cada mañana, quiénes educarían a los infantes, tal vez no habría escuelas propiamente tales, sino casas ocupadas en que los educadores serían los poetas, o al revés, no habrían escuelas de poetas, sino hoteles de cruces, donde todo se juega en el pasaje, en que el hotel es una entidad flotante, plástica, muy distinta al estudio privado y la biblioteca. ¿Sería esta la astucia de un Ariel barbarizado, que no se puede exorcizar?
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Y puesto que el hotel designa un viaje, hay un contacto con un espacio exterior interiorizado ¿Cuál sería este? ¿Cuál su estatuto respecto del palacio, dónde, como en la Moneda, que designa la casa de gobierno, también habría que pagar y ver unas caras, que no se pueden designar sino a través de la pantalla como un manicomio de voces?
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El hotel sería definitivamente lo opuesto a un castillo, y distinto por ende, a la embajada. Puesto que la cuestión de las embajadas, las capitanías, y los poetas embajadores, refieren a un problema que está dando vueltas, al lado de la construcción de la escuela, y de ubicar la noción del canto.
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Veamos entonces: hay un emplazamiento de la infancia que tiene un patio interior que plantea el tránsito al estar quemando las almas en torno a las que se congregan los bárbaros.
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Por Rodrigo Naranjo
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