lunes, 8 de marzo de 2010

UNO MÁS, DENTRO DE LA MULTITUD

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"echar raíces en la arena que remueve el viento", es uno de los muchos versos de este libro que alude a la transitoriedad del mundo y los inevitables cambios a los que se ve sometido el hombre. Sin embargo, en País Insomnio, el último libro de Francisco Véjar (1967), todas esas mutaciones van apareciendo a una velocidad inusual, templada, calma: un itinerar lento, casi tranquilo. Extrañamente, es esta la perspectiva de un sujeto urbano no privilegiado, uno más dentro de la multitud anónima y sin rostro que habita las urbes modernas. El paseante se nutre de signos en su callejeo, desbloqueando intimidades y sin temor a meterse en "el inmenso oleaje de las cosas". Aquello que fácilmente pudo provocar negatividad, genera contento. Así dice, "cualquier cosa es motivo de alborozo" o "cualquier cosa debería contentarnos / el vapor de una taza de café / los círculos imaginarios que haces volar en el aire". Aparecen acá las tres directrices o líneas de fuerza poéticas. La humildad del sujeto que habla o que mira, la validación de la felicidad descubierta en lo trivial como dispositivo de sobrevivencia a las anomalías modernistas y la presencia de un otro al que se ama.
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Véjar necesita autoconfigurarse conscientemnte en sus vestiduras, estilo de vida, música, sitios; elementos que lo identifican y trazan la distancia entre su propia perspectiva de poeta y los otros, dando además al poeta una mayor ligazón con lo real. Lo mismo sucede, por ejemplo con la conciencia en torno a los lugares comunes. En "Defensa de los supuestos lugares comunes" surge una postura ambivalente en torno al decir te amo o descifrar los signos de las calles. Hay un "tal vez" que acepta la posible vinculación entre la existencia de un individuo, su poesía y el lugar común.
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Es una poesía de zonas, de perfiles, de versos, de intensidades que se marcan y se diluyen. Afortunadamente, Véjar escabulle la posibilidad de totalizaciones, de absolutos, por medio de la insinuación, la indicación velada, la confianza en el trozo perdido o que quiere escaparse del resto. Aunque sí hay algo aglutinante: la presencia de una voz que no siempre quiere ser el poeta y que siempre tiene que ser el individuo, el habitante de la ciudad, y, además, el intento por ir demarcando una zona poética propia.
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Por ello, una de las intensidades más reveladoras en estos textos de Véjar es Santiago. Una presencia fuerte e imperfecta, un espacio asible que logra trascender la grisitud y generar subversiones al tráfago. No está aquí el ya manido desprecio por la ciudad, sino un habitar con complicidad y culpa. En cambio, la aproximación hacia la naturaleza es siempre en actitud de extranjería. "La brisa del mar insiste en desordenar el texto", señala Véjar en medio de un poema en el que abundan las imágenes de contemplación oceánica. La escritura es acosada por el grandioso influjo de la naturaleza y el poeta lo asume como una ruptura del "orden" implícito de la escritura. La intervención negativa de la naturaleza aparece también ligada al universo amoroso donde "la maldita llovizna... trata de borrar nuestras huellas".
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Véjar frecuenta proximidades, condensa la palabra y la empobrece con simplezas familiares. "El sol es un sacramento para Santiago", dice y genera con ello, una sensación de placidez, de reencantamiento de la experiencia inmediata. Lo casual es parte así, de la estrategia lírica que observa lo cotidiano y se aleja de lo simbólico, en un antiformalismo positivo y accesible.
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Patricia Espinosa

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