domingo, 1 de agosto de 2010

FABIÁN CASAS: "MI ENEMIGO ES MI MAESTRO"


Referente de la generación del 90, acaba de publicar su poesía reunida, Horla City y otros. Aquí describe su proceso de escritura y los cambios en su obra.
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Por: MAURO LIBERTELLA
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De la primera ola de la poesía de los 90 ese movimiento literario que le sacó solemnidad y le confirió un genial golpe de vida a la poesía argentina, quizá la de Fabián Casas haya sido la escritura que más se universalizó. Su imaginario, propenso a esgrimir cruces entre el barrio y la filosofía oriental, hizo metástasis en una especie de memoria común generacional y encontró así su lugar en la sensibilidad de una época. Como toda poesía reunida, la de Casas muestra cómo un poeta aprende a escribir.
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Es un proceso lento, trabajoso, y en una edición como esta se le podría aplicar la frase de Lou Reed, "creciendo en público".
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-¿Cómo fue la experiencia de releer para armar esta edición?
-Es una experiencia rara, que la asocio a cosas que tienen que ver con mi vida personal. Pienso más en gente con la que estuve o en lugares donde viví que en una reflexión respecto de la escritura.
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Cuando escribí Tuca, por ejemplo, era un momento de gran felicidad, porque estaba siempre con mis amigos de la revista 18 Whiskies. Estaba escribiendo ese librito y ellos venían todos los días a mi casa, nos leíamos, nos auto estimulábamos. Ahí empecé a sentir por primera vez que la literatura es algo colectivo, que no escribís vos solo. En un momento se empezó a tejer la idea de que alguien estaba escribiendo un libro y era yo, pero había algo también que me hacia escaparme de la individuación estúpida. Lo estaba escribiendo yo, pero era parte de todos.
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Lo que me gustaba también era que se trataba de un grupo que no te hacía el diario de Yrigoyen.
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Si había algo malo te lo decían.
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Yo me crié mucho en eso, en no hacer el palco del Diego. Entonces me acuerdo de esas cosas. Con El salmón me acuerdo de encontrar- me con Helder y decirle "hoy salí para tirar la basura y se me cerró la puerta y me quedé ahí", y que él me diga que eso es un poema, que lo escriba, y yo volver a casa apurado a escribirlo. Al releer me acuerdo siempre de cosas vitales.
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-Ya en "Oda" se percibe un cambio en su escritura. ¿Es así?
-Sí. Hubo un cambio en mi escritura a partir de la lectura de un montón de escritores más jóvenes; leerlos a ellos me sirvió para no tomarme tan en serio y trabajar de otro modo los poemas.
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La aparición de Martín Gambarotta, Alejandro Rubio, Roberta Iannamico, Fernanda Laguna, Cucurto, Martín Rodríguez, Santiago Llach, fue súper estimulante. Al principio hay un momento conservador: ¿estos qué vienen a hacer, qué pasa? Es un primer momento mediocre que tenemos todos frente a lo innovador y frente a los que vienen a ocupar un lugar que aparentemente vos tenías.
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Es un segundo, y después viene el disfrute de descubrir a gente que te modifica. En esa gente hay una lectura de nosotros y una reformulación de eso, que tiende siempre a la expansión.
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-¿Y hoy ve jóvenes que escriben como usted, o que siguen su línea de sentido?
-Me cuesta pensar en un pibe que escriba como yo. Sí veo cosas de una escritura de los noventa.
Lo que yo destilo es una retórica noventosa, algo grupal, que circuló mucho dentro del mundo de la poesía. Mucha gente tomó ciertas gestualidades de libros poderosos como Punctum de Gambarotta, o de ciertas cosas que hizo Helder.
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Hoy hay que trabajar en contra de eso. Creo además que un escritor tiene que trabajar en contra de su habilidad. Por eso no creo que escriban como yo, sino como un grupo de escritores de los 90 y una retórica de la que fui parte.
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-¿Cómo ve la relación de esa retórica con la política?
-Pienso que todos los poemas que hemos escrito son poemas políticos. A la mitad de los 90 surge una poesía que tiene además como tema a la política cosas como Punctum que toma a la política desde un lado más estético que ontológico, o Rubio reflexionando y tomando incluso el léxico político. Pero no hay que creer que escribir y hablar sobre política es hacer poesía política. Los poemas políticos de Gelman no son quizá los que hablan sobre sus compañeros, o sobre los desaparecidos.
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Quizás una posición política para Gelman sea la de, en el medio de ese quilombo, ponerse a escribir poemas intimistas.
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-¿Cómo se da la decisión de escribir algo en prosa o en verso?
-Viene una musiquita al odio, empieza a crecer, y tiene una respiración que es de prosa o que es de poesía. El otro día salí a caminar con mi perra Rita a la mañana, estaba lloviendo. Llegamos a la plaza y empezó. Yo había cumplido 45 años hace poco, y le escribo a la poeta Laura Wittner diciéndole que cumplí 45, que es la velocidad de los discos lentos. Ella me dice que escriba un poema con eso y le ponga "revoluciones". Le digo que lo escribamos juntos y todo queda ahí. El día anterior la mujer de Cucurto me llamó a las ocho de la mañana y me cantó el feliz cumpleaños en guaraní. Entonces empecé a pensar en todo eso, en las revoluciones, y en el feliz cumpleaños en guaraní, y en Baltazar, mi ahijado, en cómo me cambió la vida. Y empezó el poema. Llegué a la plaza y lo terminé.
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Ahora lo dejo reposar, porque no es buen consejero escribir un poema emocionado. La emoción te dispara algo, pero después tenés que trabajar como una máquina.
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-A través de las referencias y las dedicatorias del libro se podría reconstruir una especie de historia personal de afinidades. Elijamos a José Luis Mangieri, su primer editor.
-Lo mejor que me dio Gelman fue Mangieri. Conocí a Juan en un encuentro de escritores que todavía no éramos escritores. Ahí nos presentó a su editor. Mangieri fue como un padre, como un pastor, y fue un amigo. Cumplió todos los requisitos, y es de esas personas que son centrales para un escritor que se está formando.
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Me consiguió trabajo cuando yo no tenía, me venía a visitar a mi casa cuando vivía solo, me regalaba primeras ediciones que tenía en su biblioteca. Los fines de semana organizaba asados para que conociera artistas plásticos, escritores. Soldaba gente. Hay un poema en el libro que se llama "El soldador" y que es sobre él. Y a su vez fue mi conexión con la generación de los setenta, que me parece extraordinaria.
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-Por último, ¿de dónde surge el concepto del "Horla City"?
-A los treinta años tuve una depresión clínica y Zelarayán venía a mi casa y yo le contaba lo que me pasaba. El, que era un veterano del pánico, me dijo "vos lo que tenés es el horla". A la semana me trajo El Horla de Maupassant traducido por él. Cuando leí eso identifiqué lo que me estaba pasando, le puse un nombre a mi enemigo.
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Pero entendí que ese enemigo era también mi maestro, y tenía que aprender de él. Un maestro muy duro, muy estricto. A su vez, entendí que yo vivía en una ciudad construida por el horla, y es una ciudad armada con muchas ciudades en donde estuve, en donde viví. Con eso fui construyendo al Horla City, la ciudad del miedo.
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