LA ESCUELA DE SANTIAGO. Notas para una relectura necesaria

 


La Escuela de Santiago constituyó un grupo de escritores que, hacia fines de la década de 1960, buscó renovar el panorama de las letras chilenas mediante una actitud crítica frente a la tradición y al canon dominante. Su emergencia pública ocurrió en 1968, cuando Orfeo, revista dirigida por Jorge Vélez y cuyo consejo editorial integraban Humberto Díaz Casanueva y Gerda Bruhns de Thele, publicó el volumen 33 nombres claves de la actual poesía chilena. El volumen reunió, junto a una extensa selección de autores pertenecientes a distintas generaciones y tendencias, los textos programáticos de quienes conformaban este movimiento: Naín Nómez, Carlos Zarabia (Julio Piñones), Eric Martínez y Jorge Etcheverry.

La polémica selección dejó en evidencia una voluntad de redefinir el campo poético chileno, cuestionando jerarquías establecidas y promoviendo la lectura de autores entonces relegados, como Rosamel del Valle y Gustavo Ossorio. Sus manifiestos, por su parte, revelaban una intención explícita de formular una visión propia de la literatura y de la realidad. Frente a la poesía de la intimidad, de la memoria rural o del coloquialismo dominante, la Escuela de Santiago situó el centro de su reflexión en la ciudad latinoamericana. La urbe aparecía como el espacio privilegiado de la experiencia moderna: heterogénea, contradictoria, múltiple e inabarcable. Era allí donde la poesía debía ejercer su función de conocimiento.

Los manifiestos insistían en que ninguna dimensión de la realidad debía quedar excluida del poema. Solo la imaginación —afirmaban— podía descubrir las conexiones secretas que unían los fragmentos dispersos de la experiencia y conducirlos hacia un sentido de totalidad. La poesía dejaba de ser una simple expresión subjetiva para convertirse en una forma de exploración del mundo. De este modo, la ciudad se transformaba en el gran escenario simbólico de la nueva escritura, no como un simple paisaje urbano, sino como imagen de una realidad compleja que exigía nuevas estrategias expresivas. Surgía así una poesía de verso extenso, con frecuencia cercana a la prosa, abierta a múltiples registros temáticos y sostenida por una intensa proliferación de imágenes.

La apuesta de la Escuela de Santiago consistía, en último término, en recuperar una concepción ambiciosa de la poesía: la posibilidad de nombrar el mundo en toda su amplitud contradictoria y de restituir, mediante la imaginación, una experiencia de totalidad que la vida moderna parecía haber fragmentado. Su propuesta significó, además de incorporar una sensibilidad urbana, una apertura hacia la poesía anglosajona contemporánea, ampliando de este modo el horizonte de referencias de la lírica chilena. Todo ello ocurrió en un momento de profundas transformaciones, cuando las nuevas generaciones buscaban distanciarse tanto de las grandes figuras tutelares como de los modelos heredados de la promoción anterior.

Más que un episodio generacional, la Escuela de Santiago representa uno de esos momentos excepcionales en que un grupo de escritores decide volver a pensar el sentido de la poesía. Su legado quizá no radique únicamente en la obra poética que legó, sino en haber comprendido que toda tradición permanece viva mientras existan voces capaces de discutirla, ampliarla y reinventarla. Entre las vanguardias históricas y la denominada «neovanguardia» chilena de los años ochenta, la Escuela de Santiago ocupa un lugar de articulación que todavía espera ser reconocido en toda su importancia. Dicha continuidad fue evocada años más tarde (en 1987) por Naín Nómez:

«El tipo de poesía que hacíamos era de pronto muy hermética, con bastante influencia del surrealismo, y con pocos elementos anecdóticos y escasos elementos satíricos. En ese sentido lo que había era una vuelta a la vanguardia, pero evolucionada. Alimentábamos una continuidad con una tendencia que nunca desapareció, sino que se sumergió, nutriendo sus propias rupturas para resurgir bajo nuevas formas en Gonzalo Rojas, Raúl Zurita y muchos más…».


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