lunes, 8 de marzo de 2010

EL MICRO TIEMPO DE LOS ESCRITORES.


Hace ya tres años leí los primeros borradores del libro Los Inesperados, de Francisco Véjar. Desde entonces vi a los textos evolucionar según su materia prima: el tiempo. La memoria no es un fósil, sino un organismo con claves secretas y una vida a medio camino de la abstracción y la materialidad. Con este concepto en mente inicié mi diálogo con los recuerdos de Véjar, año a año, mes a mes, redescubriendo las versiones sucesivas y cambiando yo mismo a la par de los escritores que protagonizan sus crónicas.

Las de Véjar son remembranzas casuales. No busca imponerse con sus apreciaciones literarias ni con el rigor de un biógrafo. Su objetivo es, al mismo tiempo, más modesto y ambicioso que eso: quiere revivir en los lectores a sus amigos literatos tal como les conoció durante un paseo por el Parque Forestal, o visitándolos en sus casas de la playa, la ciudad o el campo. De modo que el nudo entre las frases es ligero, apenas una hebra entrelazada con otra. Lo importante es la emoción, siempre etérea, del efímero tiempo de la amistad.

En lugar del Armando Uribe imperioso, nos encontramos con el caballero ceñudo que detiene a los automovilistas-bárbaros con su bastón. Jorge Teillier está siempre de despedida y, cuando se le presenta una oportunidad, huye a algún restaurante de barrio a beber vino y ver a otra gente jugar al dominó. Cuando es la hora de los asados, el primero en aparecerse es Enrique Volpe, quien —quizás con la esperanza de que el animal no esté del todo muerto— lleva sus dos revólveres en el bolsillo, dispuesto a darle el tiro de gracia. En cambio, Efraín Barquero se toma las cosas con calma para no caer en la desesperación por la pérdida del Chile antiguo y criollo.

A menudo, los historiadores modernos hablan de la «microhistoria» para referirse a aquellos instantes claves en la vida de un país, pero revestidos con la apariencia de lo cotidiano, de lo simple y corriente. En efecto, los perfiles o retratos escritos por Véjar se nutren de un sinnúmero de anécdotas almacenadas en los pliegues de la conciencia; son como pequeños latidos detrás de grandes latidos, pero una vez verbalizados adquieren una profundidad imprevista. Así, el título general gana un nuevo sentido: no sólo la personalidad de los homenajeados es «inesperada», sino también las memorias que dejaron entre quienes los conocieron o aún conocen, en el caso de los supervivientes.

A los ya citados se suman Pedro Lastra, Nicanor Parra, Enrique Lafourcade, Claudio Giaconi, Antonio Avaria, Rolando Cárdenas, Carlos Olivárez, Raúl Ruiz, Germán Arestizával y Miguel Serrano. Escritores de fuste, pintores o cineastas; hombres con una larga historia en la cultura chilena. Pero encarnan el pasado reciente, el más desconocido por el común de las personas, y por eso su testimonio también arroja una luz sobre la vida de los demás, permitiendo la identificación como si sus historias fuesen una película.

Quizás la característica en común es el apego a las raíces nacionales, incluso en aquellos retratados que llevan o llevaron una vida nómade de un país a otro.

Con ellos el tiempo se libera de la linealidad y recordarlos, por el placer de su compañía, se asemeja al mito del eterno retorno: en la calle y al pasar de las décadas siempre conservaron su identidad, recelosos de los cantos de sirena del materialismo imperante. Y así, como pretendía Giaconi, constituyeron auténticos personajes literarios al alcance de quien quisiera desempolvar su imaginación. En una frase: el libro plantea grandes escritores a pequeña escala: un punto de vista fructífero, ¿no es verdad?

Iván Quezada

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