jueves, 7 de junio de 2012

ANTONIO MÉNDEZ RUBIO

Por  Pilar Iglesias de la Torre 
Es una satisfacción para nosotros poder tener acceso a la síntesis del pensamiento, elaborado con todos los imputs ocurridos a lo largo de su vida, de uno de los poetas que conforman el espacio actual de la poesía en lengua hispana y, más concretamente, de la poesía española. Nacido en 1967 en Fuente del Arco (Badajoz), es reconocido por todos en muy diversos ambientes, destacando por la intelectualidad de su mensaje y su claro compromiso social, mediante la palabra.

 1/ Cuéntanos algo de ti: ¿cuál es tu formación, a qué te dedicas, cuáles son tus motivaciones en la vida? ¿Qué es para ti la poesía?

Estudié gracias al esfuerzo de mucha gente. Vengo de una familia de emigrantes extremeños que vivieron, como tantos, bajo condiciones difíciles. Ahora trabajo como profesor de Teoría de la Comunicación en la Universidad de Valencia, pero nunca me he sentido parte de una realidad corporativa o algo parecido -de hecho abandoné el sindicato con el que colaboraba en parte por esa incapacidad mía. Fui a parar a la universidad por una dosis de azar considerable, y también de milagro, porque se trata de un trabajo privilegiado y con mucha libertad de dedicación. El hecho de pertenecer a una familia de clase trabajadora ha marcado mi forma de relacionarme con el espacio universitario, por una parte distanciándome de ciertos tics académicos que siento asfixiantes, y por otra parte haciéndome orientar mi labor de investigación hacia el terreno de la crítica social y cultural.

En este sentido, siempre ha sido importante para mí estar de alguna forma vinculado con espacios de acción e intervención sociopolítica. Ahora estoy en una fase más doméstica porque tengo tres hijos, que se dice pronto. Son una suerte, como lo es Ana, mi compañera de fatigas.

Empiezo a ver la poesía como una tarea crucial para mí. Siempre he intuido que así era, pero sólo recientemente he empezado a comprender hasta qué punto necesito la escritura y la lectura de poesía, esa pausa, para situarme en un mundo cada día más intempestivo y desafiante.

2/ ¿Cuáles son las lecturas que más te han influido en la construcción de tu espacio existencial? ¿Qué poetas han sido un punto de inflexión en tu poética? ¿Cuáles son tus fuentes de inspiración?

Me reconozco influido sobre todo por lecturas de tipo político y poético. En el primer grupo incluyo mis lecturas juveniles (y no tanto) dentro de la tradición libertaria, anarquista y marxista, a la que procuro no renunciar, y que de hecho intento rearticular a partir de los pequeños conflictos y los grandes límites de la vida cotidiana.

Leo con frecuencia ensayo casi de cualquier tipo. Pero está claro que mis lecturas claves se orientan a lo poético: no puedo pasar mucho tiempo sin leer poesía, claro que poesía también es para mí, el cine de Godard, el teatro de Beckett o los relatos de Kafka. En ese sentido, mis “fuentes de inspiración” no siguen una pauta cerrada de género, sino que respondo más bien a alertas que se encienden en el espacio informe de la vida diaria y de la necesidad, de lo inconfesable. Creo, por ejemplo, que ha sido clave para mi poética la escucha de canciones populares, desde el flamenco hasta el rap, o desde The Pixies hasta Depeche Mode.

En un sentido más estricto de la poesía asumo mis deudas con las fuentes donde se cruzan romanticismo y vanguardia, o con lo que malamente se considera “poesía oscura”. Podría empezar por Juan de la Cruz, pero me refiero a Hölderlin, a Poe, a Emily Dickinson o muy especialmente al poeta checo Vladimir Holan. Más cercanos, los casos de José Ángel Valente, Antonio Gamoneda o Eduardo Milán, entre otros, son fascinantes. Aprendo todo lo que puedo del prodigio que es la poesía no occidental, especialmente la poesía árabe y china. Y, como ya he dicho, de la lírica popular en sus formas tan sorprendentes como inagotables desde su humildad, desde su prometedora insignificancia.

3/ Desde la perspectiva actual, ¿cuál crees que es el impacto de la poesía en la sociedad? ¿cuál es la función del poeta? ¿le ves futuro?

A mi modo de ver, la poesía es lo otro de lo previsible, de lo redundante, de lo ya visto, como escribía Rimbaud. No es raro, pues, que haya sido amablemente expulsada de la polis, de la ciudad, y esto desde los tiempos de Platón. Su incidencia en un nivel cuantitativo es mínima, menos que mínima, es cierto; pero en un nivel sensorial o molecular su reto es desbordante y sin precio. Si se le puede reclamar al poeta alguna función social quizá bastaría con ésta: que mantenga levantada esa vela en el aire, en medio de una ventisca fría, que esté al cuidado de esa huella de lo no gobernable, de lo no reducible a Ley.

Defiendo la poesía como un momento de salida, como un fuera-de-lugar o pulso de apertura, hasta de exilio: es una lengua del exilio y convoca también el exilio de la lengua, es decir, el agujerear o traspasar la rigidez de los códigos establecidos como parte de la Realidad.

El poema traspasa la Realidad quizá a la manera del agujero en el relato supuestamente fantástico de Alicia, o como el tokonoma de Lezama Lima: no para evadirse hacia una ficción imaginaria, sino para arraigar en lo no dicho, en lo no (pre)visto. La poesía no propone otros espacios para la fantasía, al modo del espectáculo mediático al uso, sino que abre el espacio de lo real para vivirlo de otra forma. Más que un espacio es entonces un espaciamiento, un hacer sitio aunque sea sólo para respirar. Eso ya sería mucho. Se podría relacionar esto con lo que decía Adorno en sus Minima Moralia: lo menos que podemos hacer en el infierno es hacer sitio para que el otro respire. Sería una definición preciosa de la labor poética en un mundo como éste, donde, por cierto, el “infierno” (de la miseria, de la guerra, de la injusticia, de la soledad…) tiene un futuro y un presente del que no podemos apartar los ojos.

4/ ¿Qué es lo que más te remueve a la hora de leer un poema?

Busco en un poema cualquier cosa que no sea un espejo. Hay espejos en cualquier casa, pero no hay poesía en cualquier casa, siendo más importante, vitalmente hablando, un poema que un espejo. Como decía Juan Larrea, cuando el poema entra en escena, un espejo se rompe. Así que desconfío del principio de identidad y de los mecanismos de identificación: identificación del tema, identificación del poema como poema, y sobre todo identificación con el poeta… Puede que estemos en la época más narcisista de la historia de la humanidad. No es extraño que los indios norteamericanos, entre los que no existían espejos, fueran exterminados por la civilización moderna y el colonialismo occidental.

Identificarse con alguien o algo supone que el texto representa una realidad previa, exterior o interior, pero previa al fin y al cabo. Mientras que lo que uno busca, en lo que uno cree es en el poema como proyector de luz, y de sombra, como espacio libre para el desconcierto y el vértigo.

Creo en la poesía que me provoca, que me saca de quicio, que me empuja a moverme, a cambiar de posición, y que lo hace en virtud de alguna musiquilla imprevista. Como sugería Lacan, la comunicación consiste al final en que el Otro nos diga lo que querríamos oír. Por el contrario, parafraseando a Ory, el poema te invita a oír, o a decir, lo que no sabes oír o decir. La necesidad de reconocimiento no tiene necesariamente que ver con la experiencia de la poesía o del arte. Es más bien a la inversa, me parece. Estoy convencido de que la poesía, como en su origen, debería ser anónima. Y que de hecho lo es pese a que se publique firmada.

5/ Desde la observación externa, me parece apreciar en tu obra una marcada tendencia a la conceptualización, una cierta desnudez de la palabra y una decidida vocación reflexiva y de compromiso social. Dime si esta percepción está muy alejada de cómo definirías tu poética.

Quizá conceptualización sea un término muy duro. Prefiero concepción: la escritura (y la lectura) como lugar donde concebir, incluso y sobre todo donde empezar a concebir lo inconcebible. En ese sentido, hasta donde yo sé, la poesía no está muy lejos del significado original de las matemáticas.

Pero sí, estoy de acuerdo contigo, apuesto por una poesía reflexiva y desnuda, aunque sólo sea porque es lo que hecho en falta en los lenguajes públicos y cotidianos de nuestra vida en común: contemplación y desnudez. Es frecuente asimilar pensamiento a devaneo, a abstracción en un sentido negativo, a irse por las ramas… para mí es al revés: pensar nos hace descubrir incluso lo que no querríamos saber, de ahí que el pensamiento se haya convertido en una práctica insoportable en un mundo catastrófico como el nuestro. Por otro lado, como decía un amigo, en las ramas es donde surge el fruto de los árboles.

En cuanto a la cuestión del “compromiso”, desde luego, asumo la poesía en una tensión no elegida con las condiciones sociales, con la forma del mundo en que vivimos o sobrevivimos. Hay ahí desde luego una tensión entre lo concreto y lo espectral, entre tierra y cielo. Pero es una tensión fecunda, sin la que el poema carece de valor. Lo que pasa con la noción de “compromiso” es que es ya demasiado inercial, se limita a menudo a un problema de buenas intenciones, y de hecho hasta los partidos políticos, las grandes instituciones o los bancos se han percatado de eso y recurren al glamour del “compromiso” para sus campañas de imagen más convencionales.

Quien escribe, como quien lee, está siempre comprometido con visiones y vivencias, con límites no siempre conscientes o asumidos. La poesía, con toda su precariedad, acude así a compartir esos límites y a volverlos productivos en un sentido de deseo y de intemperie.

6/ ¿Nos puedes indicar algunos poemas tuyos de los que te encuentres más contento o a los que guardes un cariño especial por alguna razón, y explícanos por qué?

Elijo tres poemas inéditos, recientes, que pueden dar pistas sobre mi trabajo y mis prioridades. El primero (“Todo o nada”) procura situar el encuentro en un punto límite de la comunicación, de “lo que se suele decir”, mediante un recurso a la ironía que no bloquee la emergencia de la muerte y del duelo. El segundo (“Y todo…”) implica una deuda con la caída del otro, que podría ser el punto de partida para cualquier disponibilidad, para cualquier acto de amor, aunque fuera imposible. Por último, “De un cuaderno” persigue el rastro del trauma, del secreto que causa el dolor y la violencia, en un sentido no meramente íntimo sino también compartido, común. Como se decía en las antiguas revueltas campesinas, “omnia sunt communia”, todas las cosas son comunes. Así al menos me gustaría que se estos poemas se vieran.

Todo o nada.

Es lo que se suele decir
¿no? Y, si es tu voluntad,
también yo,
por la vez que aprendí,
lo diré. De un suspiro.


Todo o nada.
Así bailan los asesinos
cuando se termina la fiesta.

La única sombra
que no es necesario olvidar
es la que nos acompaña.

Y todo

es gracias a tu caída,
sin que nadie haya tenido que hacer nada,
en un umbral de verdad, por
debajo de un musgo que se aparta
aún. Se ve el ir
de las nubes. Me
cambia la voz
solamente de ver un árbol.

Te puedo dar mi palabra.

DE UN CUADERNO

Huele a lluvia de noche,
a alguna nube más blanca.
En cuanto a los demás
hablan por la falta de tiempo
pero no a nadie
y no contra el silencio. Es como si
fuera una cura de palabra
que ni
dentro de su cuerpo está a salvo
-¿de qué? ¿de quién?...

Sé que va a volver el frío
a encaramarse en los tilos,
aquí.

  La recuperación,
como le pasa al pasado, a la paz,
no es un lugar seguro.

FUENTE [DE LA ENTREVISTA]
FUENTE [DE LA fOTOGRAFÍA]

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